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El Gran Otro | Sabado 24 de Junio de 2017

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Moda ficción, naturaleza, joyas y bicicletas. Eduardo Costa en el MAMBA

Moda ficción, naturaleza, joyas y bicicletas. Eduardo Costa en el MAMBA

Por Hernán D. Ruiz

La muestra que actualmente se exhibe en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) es la más importante exhibición antológica del gran artista argentino Eduardo Costa, figura central de la vanguardia artística de los sesenta. La propuesta curatorial liderada por Jimena Ferreiro refleja las distintas etapas de su trayectoria artística a partir de distintos ejes rectores como el happening, el conceptualismo y la abstracción geométrica, que evidencian la fuerte impronta del transgénero, particularmente, en Fashion Fiction, aunque resulta una característica que atraviesa toda su producción artística.

Para la inauguración de la muestra, tuvo lugar la segunda versión del gran desfile performático que se hizo originalmente en Nueva York, en 1969, denominado The Fashion Show Poetry Event, en el que Eduardo Costa trabajó en colaboración con los artistas Hannah Weiner y John Perrault. Esta primera versión, contó con la participación de Andy Warhol, entre otros importantes exponentes del género. El resultado fue una particular fusión de prácticas y disciplinas artísticas ligadas a la moda, el diseño y la poesía.

A mediados de la década del sesenta, Costa diseñó una serie de obras a las que denominó Fashion Fiction, con las que resignificó completamente la noción de accesorio para el cuerpo. Gracias a un espíritu experimental y provocativo vinculado a las vanguardias se infiltró en el mundo de la moda. Una gran parte de la sala está dedicada exclusivamente a dicho período. Se puede apreciar esta suerte de joyería surrealista, con pulseras de árbol, anillos de caracol, aros de mariposa o la serie de extrañas prótesis de oro que se amalgaman a la anatomía del cuerpo para dotarlo de una fuerte carga tanto erótica como fetichista.
Otro de los ejes que articulan la exhibición es la serie Tape Poems, muy ligada a sus trabajos más experimentales, como lo fue Primera Obra de un Arte del Lenguaje Oral, realizada en el Instituto Di Tella junto a Juan Risuelo y Roberto Jacoby. Este período de obras marca una fuerte coyuntura con las vanguardias de arte conceptual en las que el cuerpo de las obras es precisamente su inmaterialidad.

En algunos casos, el registro de la voz se nos presenta como soporte de lo efímero, pero en la obra Nombres de amigos (poema para sordomudos), filmada en 1969 por Ana Weiner en formato súper 8, solo se accederá al sentido del poema invisible si conseguimos leer los labios en movimiento del propio Costa cuando pronuncia una lista con los nombres de sus amigos. Con este desplazamiento del sentido de un simple fragmento del habla coloquial consigue que quede completamente resignificado. Es curioso que Eduardo Costa lleve a cabo un recorrido inverso al de los artistas conceptuales más paradigmáticos que le sirvieron de referencia (tal es el caso de Marcel Duchamp o Lucio Fontana). Luego de toda su serie de happenings y trabajos fundamentados en la idea de desmaterialización de la obra de arte, en la década del noventa, su práctica artística evoluciona hacia una propuesta más radical sostenida en la pura materialidad o plasticidad con su serie de Pinturas Volumétricas. En dichas obras, se desafía nuevamente al canon moderno, pero desde otra perspectiva: se pone en tela de juicio el límite entre pintura y escultura.

Una obra que Costa concibe por azar, al encontrar un tacho con pintura seca en su interior, da comienzo a su serie de pinturas tridimensionales en las que, añadiendo capa sobre capa de pintura acrílica, consigue el volumen de dichas figuras que parten de la abstracción como en Objeto Genitivo y que se aproximan hacia una serie de trabajos más figurativos, como las naturalezas muertas en las que el interior de las obras cobra tanta importancia como la superficie plástica, algo evidenciado a través de autopsias realizadas por el propio artista, en otro gesto propio de lo performático.

Un artista, en definitiva, no es más que alguien que traduce su propia concepción de la belleza. Toda la producción artística de Eduardo Costa pone de relieve diversos procedimientos que desvanecen las fronteras entre el arte y la realidad. Con este recorte constante de lo existente, logra revelar una nueva y sofisticada construcción de la belleza o la poesía oculta bajo la delicada superficie de lo cotidiano. Y es precisamente allí donde reside el secreto de su obra.