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El Gran Otro | Sabado 19 de Agosto de 2017

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Muestra de Tamara Burlando: Lo que siempre hemos sido

Muestra de Tamara Burlando: Lo que siempre hemos sido

Por Daniela Gutiérrez.

Conozco la comunidad aborigen de Papunya, que habita en el desierto central de Australia, a través del trabajo de Tamara Burlando. Es su mirada de artista, plasmada en la rica materialidad de una obra textil y fotográfica lo que hace que un lejano dato geo-demográfico tome para mí la forma humana.

En estas imágenes de Burlando, un pueblo es expuesto. Y es preciso una aclaración; expuesto en tanto las imágenes hacen visible a nuestros ojos un pueblo del que probablemente la mayoría no supiéramos nada, pero también las imágenes que vemos nos muestran un pueblo expuesto a la posibilidad de su extinción: en Papunya, acecha la permanente amenaza del mundo civilizado por alcanzarlo todo. La exposición de estas imágenes, por lo tanto, rescata a la comunidad aborigen australiana tanto de su exotización como del riesgo civilizatorio.

Saquitos de té, hilvanados uno por uno y a mano, se han vuelto el lienzo sobre el cuál quedan impresos los rostros de algunas mujeres aborígenes, todas ellas artistas plásticas miembros de la comunidad en la que Tamara Burlando vivió durante algún tiempo trabajando en un Centro de Arte. La técnica artesanal puede ser indicio de la precariedad en que toda vida humana transcurre –la de los aborígenes y la nuestra-, y a la vez de una tarea minuciosa y dedicada de la artista que crea/inventa el soporte material de su obra. Los saquitos que abrigaron la experiencia de Tamara Burlando en Papunya, fueron continente de infinitos tés compartidos como miembros de una misma familia, en la intimidad de la vida cotidiana y celebración de la sencilla ceremonia de transmisión que en el seno de cada casa organiza un mundo. La tela final conserva la tintura originaria y la textura despareja es rastro de la topografía del desierto colorado del centro de Australia. Las imágenes de rostros y cuerpos impresos sobre tela evocan casi inevitablemente –en occidente cristiano- la imaginería religiosa del lienzo sagrado que viste la muerte; aquí no: sobre el lienzo cosido artesanalmente, impreso con precisión técnica por la fotógrafa, viven las mujeres de Papunya con sonrisas y gestos que revelan la pura vida.

A la fotografía, el libro y las telas impresas, Tamara Burlando agrega para esta muestra pequeñas esculturas textiles. El mismo motivo, el cuerpo femenino y aborigen, cobra espesor, tridimensional se impone en el conjunto con la fuerza de la escultura. Y sin embargo, otra vez, la artesanía rescata la humanidad de la puntada, y convoca al tacto.

Dos hilos antropológicos vinculados a la representación de la figura humana en el arte recorren, a mi modo de ver, toda la obra de Tamara  Burlando expuesta en esta muestra: La imago romana que ligaba indisoluble la representación de una persona a sus derechos y la dignitas, la obligación ético-política que impone a cada uno el reconocer en la representación –no ya la pura imagen- sino la existencia del Otro.

La otra de Tamara Burlando es técnicamente compleja, expresivamente rica y eficaz conjuro contra el prejuicio que “la buena conciencia” occidental y cristiana impone a quien pudiera mirar su obra como mero espectador de diferencias étnicas, explorador de territorios vírgenes o consumidor sumiso de lo autóctono. Estas imágenes nos enfrentan a la historicidad de toda la especie humana, lo hacen al modo del arte y por lo tanto algo magnífico sucede: la obra que se nos da a ver es la de una artista que asume el riesgo con tal de probar ante nosotros de una manera bella que lo humano sigue siendo indestructible: eso sí es verdaderamente abrumador porque ya no hay posibilidad alguna de desembarazarnos de nosotros mismos, de nuestra responsabilidad como personas: el arte de Tamara Burlando expone la posibilidad de una vida digna.