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El Gran Otro | Martes 22 de Agosto de 2017

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Occupy Wall Street: la institución espontánea

Occupy Wall Street: la institución espontánea

Por: Daiana Magalí Martínez.

Desde el seno de la actividad financiera mundial, los indignados de Wall Street, en su mayoría jóvenes estudiantes, protagonizan marchas multitudinarias en reclamo, principalmente, del tratamiento de los altos niveles de desocupación nacional.

Había un micrófono, un par de carteles y más de 500 personas —entre manifestantes, observadores, gente que curioseaba, artistas, directores de cine y personal médico— amontonadas ante la voz del premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, quien resumió todas las indignaciones que —según él— sienten los okupas de Wall Street en una frase: «hay un sistema en el que socializamos las pérdidas y privatizamos las ganancias».

Según el Nobel, la economía capitalista no prevé nada para evitar las prácticas poco éticas que llevan al 1 % de la población a enriquecerse por sobre el 99 % pobre. «Una de las cosas que hicieron los bancos fue explotar a los estadounidenses más pobres a través de préstamos. Hubo gente que trató de pararlo, pero Wall Street usó su poder político para detener a quienes intentaron ponerles freno», argumenta Stiglitz.

El contrapeso de la corrupción política, para los manifestantes, es su impulso de mantener el «impuesto a los millonarios» que vencería en diciembre. Una de sus acciones destacadas fue concurrir a la casa particular del directivo de fondos de inversión John Paulson, a la del CEO de J. P. Morgan Chase Jamie Dimon y también a la del multimillonario David Koch con el fin de que se les restrinja la adquisición ilimitada de bienes materiales.

No siempre es fácil identificar las causas de semejante protesta, que hace más de cinco semanas —a pesar de los casi 700 arrestos de manifestantes y ante el sospechoso silencio del presidente de los Estados Unidos— los okupas mantienen en Nueva York.

No se puede decir que haya mediado alguna institución; esta vez la red de instituciones de la burocracia norteamericana fue receptora de reclamos. El asesor de la ONU Bernardo Kliksberg definió las protestas estadounidenses como una evidencia de la «crisis de legitimidad», y agregó: «el sistema político está abandonando a sus ciudadanos. Estamos perdiendo el sentido de responsabilidad por los otros. La mayor crisis es de legitimidad. Pensamos que los líderes no están haciendo nada por nosotros».

«Vaya al sitio web We Are the 99 Percent y verá página tras página de testimonios de personas de clase media que firmaron hipotecas para pagar sus estudios, firmaron hipotecas para comprar sus casas […] y terminaron al borde del precipicio de la ruina financiera y social», escribió la especialista en Relaciones Internacionales Anne-Marie Slaughter en el New York Times. Las imágenes de los videos del sitio recuerdan a la indignación argentina de la crisis de 2001, producto de la inseguridad política y la incertidumbre bancaria.

El pedido de los okupas va un poco más allá: el tratamiento de la desigualdad en todas sus formas requiere atención inmediata y global, según demuestran sus acciones notablemente participativas, continuas y, según aclaran, sin distinción de edad, raza o sexo.

El mundo no es el mismo que ayer. Se generan movimientos anticorrupción con sello democrático en países europeos y americanos. Una suerte de agotamiento de las instituciones parece señalar al actor social que debe tomar las decisiones ahora: el ciudadano.

«Hay mucho que hacer en los Estados Unidos: verdaderas políticas de empleo, control más estricto de Wall Street, soluciones para las hipotecas, (posible) aumento de impuestos, reforma profunda del sistema de salud, política energética específica, acceso más igualitario a la educación y ayuda al endeudamiento estudiantil», publicó hace días el analista Jeff Madrick en The New York Review of Books. Y agregó: «Es uno de los más interesantes experimentos sociales de nuestro tiempo. Muestra cómo nuestras instituciones convencionales —Congreso, think tanks, medios de comunicación— no llegan al profundo malestar del pueblo estadounidense. Esto demuestra que nuestra democracia se ha atrofiado. Hizo falta que este grupo —compuesto principalmente de jóvenes con una visión empática sobre el sufrimiento de los Estados Unidos— construyera espontáneamente una institución que exprese las quejas y angustias de gran parte de los estadounidenses».

 

Twitter: Occupy Wall Street #occupywallstreet

 por Daiana Magalí Martínez

Desde el seno de la actividad financiera mundial, los indignados de Wall Street, en su mayoría jóvenes estudiantes, protagonizan marchas multitudinarias en reclamo, principalmente, del tratamiento de los altos niveles de desocupación nacional.

Había un micrófono, un par de carteles y más de 500 personas —entre manifestantes, observadores, gente que curioseaba, artistas, directores de cine y personal médico— amontonadas ante la voz del premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, quien resumió todas las indignaciones que —según él— sienten los okupas de Wall Street en una frase: «hay un sistema en el que socializamos las pérdidas y privatizamos las ganancias».
Según el Nobel, la economía capitalista no prevé nada para evitar las prácticas poco éticas que llevan al 1 % de la población a enriquecerse por sobre el 99 % pobre. «Una de las cosas que hicieron los bancos fue explotar a los estadounidenses más pobres a través de préstamos. Hubo gente que trató de pararlo, pero Wall Street usó su poder político para detener a quienes intentaron ponerles freno», argumenta Stiglitz.
El contrapeso de la corrupción política, para los manifestantes, es su impulso de mantener el «impuesto a los millonarios» que vencería en diciembre. Una de sus acciones destacadas fue concurrir a la casa particular del directivo de fondos de inversión John Paulson, a la del CEO de J. P. Morgan Chase Jamie Dimon y también a la del multimillonario David Koch con el fin de que se les restrinja la adquisición ilimitada de bienes materiales.
No siempre es fácil identificar las causas de semejante protesta, que hace más de cinco semanas —a pesar de los casi 700 arrestos de manifestantes y ante el sospechoso silencio del presidente de los Estados Unidos— los okupas mantienen en Nueva York.
No se puede decir que haya mediado alguna institución; esta vez la red de instituciones de la burocracia norteamericana fue receptora de reclamos. El asesor de la ONU Bernardo Kliksberg definió las protestas estadounidenses como una evidencia de la «crisis de legitimidad», y agregó: «el sistema político está abandonando a sus ciudadanos. Estamos perdiendo el sentido de responsabilidad por los otros. La mayor crisis es de legitimidad. Pensamos que los líderes no están haciendo nada por nosotros».
«Vaya al sitio web We Are the 99 Percent y verá página tras página de testimonios de personas de clase media que firmaron hipotecas para pagar sus estudios, firmaron hipotecas para comprar sus casas […] y terminaron al borde del precipicio de la ruina financiera y social», escribió la especialista en Relaciones Internacionales Anne-Marie Slaughter en el New York Times. Las imágenes de los videos del sitio recuerdan a la indignación argentina de la crisis de 2001, producto de la inseguridad política y la incertidumbre bancaria.
El pedido de los okupas va un poco más allá: el tratamiento de la desigualdad en todas sus formas requiere atención inmediata y global, según demuestran sus acciones notablemente participativas, continuas y, según aclaran, sin distinción de edad, raza o sexo.
El mundo no es el mismo que ayer. Se generan movimientos anticorrupción con sello democrático en países europeos y americanos. Una suerte de agotamiento de las instituciones parece señalar al actor social que debe tomar las decisiones ahora: el ciudadano.

«Hay mucho que hacer en los Estados Unidos: verdaderas políticas de empleo, control más estricto de Wall Street, soluciones para las hipotecas, (posible) aumento de impuestos, reforma profunda del sistema de salud, política energética específica, acceso más igualitario a la educación y ayuda al endeudamiento estudiantil», publicó hace días el analista Jeff Madrick en The New York Review of Books. Y agregó: «Es uno de los más interesantes experimentos sociales de nuestro tiempo. Muestra cómo nuestras instituciones convencionales —Congreso, think tanks, medios de comunicación— no llegan al profundo malestar del pueblo estadounidense. Esto demuestra que nuestra democracia se ha atrofiado. Hizo falta que este grupo —compuesto principalmente de jóvenes con una visión empática sobre el sufrimiento de los Estados Unidos— construyera espontáneamente una institución que exprese las quejas y angustias de gran parte de los estadounidenses».

Twitter: Occupy Wall Street #occupywallstreet

por Daiana Magalí Martínezpor Daiana Magalí Martínez

Desde el seno de la actividad financiera mundial, los indignados de Wall Street, en su mayoría jóvenes estudiantes, protagonizan marchas multitudinarias en reclamo, principalmente, del tratamiento de los altos niveles de desocupación nacional.

Había un micrófono, un par de carteles y más de 500 personas —entre manifestantes, observadores, gente que curioseaba, artistas, directores de cine y personal médico— amontonadas ante la voz del premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, quien resumió todas las indignaciones que —según él— sienten los okupas de Wall Street en una frase: «hay un sistema en el que socializamos las pérdidas y privatizamos las ganancias».
Según el Nobel, la economía capitalista no prevé nada para evitar las prácticas poco éticas que llevan al 1 % de la población a enriquecerse por sobre el 99 % pobre. «Una de las cosas que hicieron los bancos fue explotar a los estadounidenses más pobres a través de préstamos. Hubo gente que trató de pararlo, pero Wall Street usó su poder político para detener a quienes intentaron ponerles freno», argumenta Stiglitz.
El contrapeso de la corrupción política, para los manifestantes, es su impulso de mantener el «impuesto a los millonarios» que vencería en diciembre. Una de sus acciones destacadas fue concurrir a la casa particular del directivo de fondos de inversión John Paulson, a la del CEO de J. P. Morgan Chase Jamie Dimon y también a la del multimillonario David Koch con el fin de que se les restrinja la adquisición ilimitada de bienes materiales.
No siempre es fácil identificar las causas de semejante protesta, que hace más de cinco semanas —a pesar de los casi 700 arrestos de manifestantes y ante el sospechoso silencio del presidente de los Estados Unidos— los okupas mantienen en Nueva York.
No se puede decir que haya mediado alguna institución; esta vez la red de instituciones de la burocracia norteamericana fue receptora de reclamos. El asesor de la ONU Bernardo Kliksberg definió las protestas estadounidenses como una evidencia de la «crisis de legitimidad», y agregó: «el sistema político está abandonando a sus ciudadanos. Estamos perdiendo el sentido de responsabilidad por los otros. La mayor crisis es de legitimidad. Pensamos que los líderes no están haciendo nada por nosotros».
«Vaya al sitio web We Are the 99 Percent y verá página tras página de testimonios de personas de clase media que firmaron hipotecas para pagar sus estudios, firmaron hipotecas para comprar sus casas […] y terminaron al borde del precipicio de la ruina financiera y social», escribió la especialista en Relaciones Internacionales Anne-Marie Slaughter en el New York Times. Las imágenes de los videos del sitio recuerdan a la indignación argentina de la crisis de 2001, producto de la inseguridad política y la incertidumbre bancaria.
El pedido de los okupas va un poco más allá: el tratamiento de la desigualdad en todas sus formas requiere atención inmediata y global, según demuestran sus acciones notablemente participativas, continuas y, según aclaran, sin distinción de edad, raza o sexo.
El mundo no es el mismo que ayer. Se generan movimientos anticorrupción con sello democrático en países europeos y americanos. Una suerte de agotamiento de las instituciones parece señalar al actor social que debe tomar las decisiones ahora: el ciudadano.

«Hay mucho que hacer en los Estados Unidos: verdaderas políticas de empleo, control más estricto de Wall Street, soluciones para las hipotecas, (posible) aumento de impuestos, reforma profunda del sistema de salud, política energética específica, acceso más igualitario a la educación y ayuda al endeudamiento estudiantil», publicó hace días el analista Jeff Madrick en The New York Review of Books. Y agregó: «Es uno de los más interesantes experimentos sociales de nuestro tiempo. Muestra cómo nuestras instituciones convencionales —Congreso, think tanks, medios de comunicación— no llegan al profundo malestar del pueblo estadounidense. Esto demuestra que nuestra democracia se ha atrofiado. Hizo falta que este grupo —compuesto principalmente de jóvenes con una visión empática sobre el sufrimiento de los Estados Unidos— construyera espontáneamente una institución que exprese las quejas y angustias de gran parte de los estadounidenses».

Twitter: Occupy Wall Street #occupywallstreet

por Daiana Magalí Martínez