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El Gran Otro | Sabado 21 de Octubre de 2017

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Oportunidades laborales, trabajo en blanco y mitos en torno a la calidad del empleo

Oportunidades laborales, trabajo en blanco y mitos en torno a la calidad del empleo

Por: Martín Samartín

La “legalidad” del empleo no siempre garantiza la calidad del empleo.

1-    Qué mercado laboral.

A diferencia de lo que sucedía una década atrás -cuando la actividad económica mostraba una fuerte recesión, el desempleo superaba el 23%[1] y prácticamente no existía oferta de puestos de trabajo-, los indicadores de la situación económica actual ofrecen a los jóvenes perspectivas mucho más alentadoras. El discurso oficial del gobierno, celebrando la creación de millones de nuevos puestos de trabajo, trae la buena nueva: significativa reducción del nivel de desempleo y del trabajo no registrado. Si nos atenemos a las estadísticas oficiales, esto es muy cierto: durante el 4º trimestre de 2010 la Tasa de Desocupación fue del 7,3%; en tanto que, para igual período, el porcentaje de Asalariados No Registrados (“en negro”) sobre el total de la mano de obra ocupada fue del 33,7%.[2] Si tomamos en cuenta, por ejemplo, que durante el 1º trimestre de 2006 este indicador llegaba al 44,3%,[3] esto quiere decir que durante la administración del actual gobierno el trabajo “en negro” descendió alrededor de 10 puntos. Otro dato a tener en cuenta es la apertura permanente de las paritarias y el incremento de la sindicalización.[4]

El descenso acentuado de los niveles de desocupación y, en menor medida, del trabajo no registrado, son dos de los pilares de la política económica y social del gobierno nacional, que no obstante su impacto social real, como sucede con toda estadística, quedan sujetos a determinadas interpretaciones y definiciones políticas. Existe un mito instalado según el cual la calidad del empleo se relaciona única y exclusivamente a su condición de trabajo registrado. En efecto, en el discurso oficial, el “trabajo en blanco” aparece inmediatamente como sinónimo de “trabajo de calidad”. Pero la cuestión sobre la calidad del empleo quizás no corra por carriles tan visibles como aquellos por donde lo hacen los datos cuantitativos de la macro economía. Por lo tanto, esta cuestión parece merecer un análisis más específico, ya que se trata de un problema complejo y que afecta directamente al corazón del modelo económico y la trama de las relaciones de poder en juego.

Cabe entonces preguntarse si la sola condición de “legalidad” del empleo –característica del trabajo en blanco- garantizaría en sí misma niveles de calidad mayores a los pre-existentes. Bastaría con recorrer la amplia bibliografía sobre estudios laborales, para advertir rápidamente que los investigadores suelen tomar como indicadores un conjunto de datos asociados al proceso de trabajo que se podrían resumir como “Condiciones y Medio Ambiente de Trabajo” (CyMAT)[5]. Entre estos indicadores es común tener en cuenta, por ejemplo, los riesgos de salud laboral (tanto física como psíquica) vinculados al proceso de trabajo; el tipo de tarea y los ritmos de producción; la frecuencia y características de los accidentes de trabajo; la extensión de la jornada laboral; el tipo de jornada (rotativa, con o sin fines de semana, diurna o nocturna, etc.); la distribución de los tiempos de descanso; la existencia y aplicación de normas que regulen la actividad laboral encuadradas en Convenios Colectivos de Trabajo; el principio legal de igual salario por igual tarea; el valor efectivamente pagado por la reproducción de la fuerza de trabajo; el grado de sindicalización y organización en los lugares de trabajo de la fuerza laboral; y así sucesivamente. Es decir, una simple medición de algunos de los índices de las CyMAT por rama de la industria, o servicios, bastaría para poner en tela de juicio la supuesta igualdad de términos entre “legalidad” y “calidad” del empleo.

Con el propósito de orientarnos mejor respecto a este tema, consultamos al Lic. Oscar Martínez, sociólogo e integrante del Taller de Estudios Laborales. Martínez explica que el problema consiste en que actualmente no existe una estadística global que arroje datos válidos acerca de la calidad del empleo derivada del proceso de trabajo, quedando supeditada la posibilidad de obtener tales datos a la voluntad política de los sindicatos, y a su nivel de organización en los lugares de trabajo. Según cuenta Martínez, en actividades como call center, industria automotriz o bancaria -por mencionar algunas donde el nivel de trabajo en blanco es elevado-, no podríamos llegar a afirmar que la calidad del empleo sea por ello automáticamente alta, sino que, más bien, la tendencia general es la opuesta, a pesar de la existencia de trabajo registrado.

Por todo esto, y en razón de la dificultad para obtener un panorama global sobre la calidad del empleo en todas las ramas de la producción de bienes y servicios, podemos hablar solamente, y de forma provisoria, de ciertas tendencias en los sectores más activos de la economía; las cuales –así y todo- nos sirven en sí mismas para echar por tierra aquella hipótesis según la cual la calidad de los puestos de trabajo es identificable con su sola condición de trabajo legalmente registrado.

2-    Qué fuerza de trabajo.

Ateniéndonos únicamente a aquellas actividades económicas de mayor crecimiento desde el 2010 en adelante (comercio mayorista y minorista, servicios en general, servicios de intermediación financiera, industria manufacturera y agro-ganadería)[6] podemos diferenciar cuatro tipos de mano de obra que son las más requeridas en los avisos de búsqueda por internet de agencias laborales, consultorías, o departamentos de Recursos Humanos de las mismas empresas:

a)    Fuerza de Venta de Servicios Financieros: dirigida mayormente a jóvenes estudiantes de entre 18 y 30 años, con experiencia en venta de productos bancarios o afines.

b)    Técnicos y profesionales: dirigida a una mano de obra de alta calificación en el manejo de tecnologías.

c)    Operarios: dirigida a técnicos calificados en el uso de herramientas productivas.

d)    Mano de obra de baja calificación para tareas diversas.[7]

Esto quiere decir que la oferta laboral relacionada a los nuevos puestos de trabajo en las ramas más activas de la economía, requieren una especialización de la mano de obra que incluye el dominio de tecnologías de avanzada; o de varios idiomas y experiencia previa a baja edad, en el caso del sector terciario -condiciones que no toda la población activa que busca trabajo posee-. Y en el caso de no contar con la experiencia, la edad o el nivel de calificación requerido, lo que le aguarda a esa franja intermedia es la oferta destinada a la mano de obra de escasa calificación.

Otra pregunta que surge en relación a la reactivación económica y la inserción laboral, es saber si el sistema educativo, por un lado, y la transmisión de determinados saberes y oficios -interrumpida hacia fines de la década del 90-, por el otro, se complementan -o no- con los requerimientos de la industria y la actividad económica.

Pero una cuestión, aún más radical que la anterior, sería determinar si la función última del sistema educativo debería ser, sin más, la sumisión ante las metas del desarrollismo económico.

Éstos son los temas menos discutidos por nuestra sociedad. ¿Qué pensarán al respecto los lectores?

 

Por: Martín Samartín
[1] Ministerio de Economía de la Nación. Cuadro “Empleo e Ingresos – Empleo y Desocupación”. http://www.mecon.gov.ar/basehome/pdf/indicadores.pdf

 

[2] Informe trimestral de estadísticas laborales y económicas; Taller de Estudios Laborales: http://tel.org.ar/spip/est.html

 

[3] Ibíd, Taller de Estudios Laborales, informe completo en PDF descargable de la misma fuente.

 

[5] Existe cuantiosa bibliografía disponible producida por el CONICET y por el Taller de Estudios Laborales.

[6] Ministerio de Economía de la Nación. Cuadro “Actividad – Sectores Económicos”.   http://www.mecon.gov.ar/basehome/pdf/indicadores.pdf

 

[7] Fuentes: Empleos Clarín, Zonajobs, Bumeran, Jobomas.

Por: Martín Samartín

La “legalidad” del empleo no siempre garantiza la calidad del empleo.

1-    Qué mercado laboral.

A diferencia de lo que sucedía una década atrás -cuando la actividad económica mostraba una fuerte recesión, el desempleo superaba el 23%[1] y prácticamente no existía oferta de puestos de trabajo-, los indicadores de la situación económica actual ofrecen a los jóvenes perspectivas mucho más alentadoras. El discurso oficial del gobierno, celebrando la creación de millones de nuevos puestos de trabajo, trae la buena nueva: significativa reducción del nivel de desempleo y del trabajo no registrado. Si nos atenemos a las estadísticas oficiales, esto es muy cierto: durante el 4º trimestre de 2010 la Tasa de Desocupación fue del 7,3%; en tanto que, para igual período, el porcentaje de Asalariados No Registrados (“en negro”) sobre el total de la mano de obra ocupada fue del 33,7%.[2] Si tomamos en cuenta, por ejemplo, que durante el 1º trimestre de 2006 este indicador llegaba al 44,3%,[3] esto quiere decir que durante la administración del actual gobierno el trabajo “en negro” descendió alrededor de 10 puntos. Otro dato a tener en cuenta es la apertura permanente de las paritarias y el incremento de la sindicalización.[4]

El descenso acentuado de los niveles de desocupación y, en menor medida, del trabajo no registrado, son dos de los pilares de la política económica y social del gobierno nacional, que no obstante su impacto social real, como sucede con toda estadística, quedan sujetos a determinadas interpretaciones y definiciones políticas. Existe un mito instalado según el cual la calidad del empleo se relaciona única y exclusivamente a su condición de trabajo registrado. En efecto, en el discurso oficial, el “trabajo en blanco” aparece inmediatamente como sinónimo de “trabajo de calidad”. Pero la cuestión sobre la calidad del empleo quizás no corra por carriles tan visibles como aquellos por donde lo hacen los datos cuantitativos de la macro economía. Por lo tanto, esta cuestión parece merecer un análisis más específico, ya que se trata de un problema complejo y que afecta directamente al corazón del modelo económico y la trama de las relaciones de poder en juego.

Cabe entonces preguntarse si la sola condición de “legalidad” del empleo –característica del trabajo en blanco- garantizaría en sí misma niveles de calidad mayores a los pre-existentes. Bastaría con recorrer la amplia bibliografía sobre estudios laborales, para advertir rápidamente que los investigadores suelen tomar como indicadores un conjunto de datos asociados al proceso de trabajo que se podrían resumir como “Condiciones y Medio Ambiente de Trabajo” (CyMAT)[5]. Entre estos indicadores es común tener en cuenta, por ejemplo, los riesgos de salud laboral (tanto física como psíquica) vinculados al proceso de trabajo; el tipo de tarea y los ritmos de producción; la frecuencia y características de los accidentes de trabajo; la extensión de la jornada laboral; el tipo de jornada (rotativa, con o sin fines de semana, diurna o nocturna, etc.); la distribución de los tiempos de descanso; la existencia y aplicación de normas que regulen la actividad laboral encuadradas en Convenios Colectivos de Trabajo; el principio legal de igual salario por igual tarea; el valor efectivamente pagado por la reproducción de la fuerza de trabajo; el grado de sindicalización y organización en los lugares de trabajo de la fuerza laboral; y así sucesivamente. Es decir, una simple medición de algunos de los índices de las CyMAT por rama de la industria, o servicios, bastaría para poner en tela de juicio la supuesta igualdad de términos entre “legalidad” y “calidad” del empleo.

Con el propósito de orientarnos mejor respecto a este tema, consultamos al Lic. Oscar Martínez, sociólogo e integrante del Taller de Estudios Laborales. Martínez explica que el problema consiste en que actualmente no existe una estadística global que arroje datos válidos acerca de la calidad del empleo derivada del proceso de trabajo, quedando supeditada la posibilidad de obtener tales datos a la voluntad política de los sindicatos, y a su nivel de organización en los lugares de trabajo. Según cuenta Martínez, en actividades como call center, industria automotriz o bancaria -por mencionar algunas donde el nivel de trabajo en blanco es elevado-, no podríamos llegar a afirmar que la calidad del empleo sea por ello automáticamente alta, sino que, más bien, la tendencia general es la opuesta, a pesar de la existencia de trabajo registrado.

Por todo esto, y en razón de la dificultad para obtener un panorama global sobre la calidad del empleo en todas las ramas de la producción de bienes y servicios, podemos hablar solamente, y de forma provisoria, de ciertas tendencias en los sectores más activos de la economía; las cuales –así y todo- nos sirven en sí mismas para echar por tierra aquella hipótesis según la cual la calidad de los puestos de trabajo es identificable con su sola condición de trabajo legalmente registrado.

2-    Qué fuerza de trabajo.

Ateniéndonos únicamente a aquellas actividades económicas de mayor crecimiento desde el 2010 en adelante (comercio mayorista y minorista, servicios en general, servicios de intermediación financiera, industria manufacturera y agro-ganadería)[6] podemos diferenciar cuatro tipos de mano de obra que son las más requeridas en los avisos de búsqueda por internet de agencias laborales, consultorías, o departamentos de Recursos Humanos de las mismas empresas:

a)    Fuerza de Venta de Servicios Financieros: dirigida mayormente a jóvenes estudiantes de entre 18 y 30 años, con experiencia en venta de productos bancarios o afines.

b)    Técnicos y profesionales: dirigida a una mano de obra de alta calificación en el manejo de tecnologías.

c)    Operarios: dirigida a técnicos calificados en el uso de herramientas productivas.

d)    Mano de obra de baja calificación para tareas diversas.[7]

Esto quiere decir que la oferta laboral relacionada a los nuevos puestos de trabajo en las ramas más activas de la economía, requieren una especialización de la mano de obra que incluye el dominio de tecnologías de avanzada; o de varios idiomas y experiencia previa a baja edad, en el caso del sector terciario -condiciones que no toda la población activa que busca trabajo posee-. Y en el caso de no contar con la experiencia, la edad o el nivel de calificación requerido, lo que le aguarda a esa franja intermedia es la oferta destinada a la mano de obra de escasa calificación.

Otra pregunta que surge en relación a la reactivación económica y la inserción laboral, es saber si el sistema educativo, por un lado, y la transmisión de determinados saberes y oficios -interrumpida hacia fines de la década del 90-, por el otro, se complementan -o no- con los requerimientos de la industria y la actividad económica.

Pero una cuestión, aún más radical que la anterior, sería determinar si la función última del sistema educativo debería ser, sin más, la sumisión ante las metas del desarrollismo económico.

Éstos son los temas menos discutidos por nuestra sociedad. ¿Qué pensarán al respecto los lectores?

 

Por: Martín Samartín
[1]

                [1] Ministerio de Economía de la Nación. Cuadro “Empleo e Ingresos – Empleo y Desocupación”. http://www.mecon.gov.ar/basehome/pdf/indicadores.pdf

 

[2]
                [2] Informe trimestral de estadísticas laborales y económicas; Taller de Estudios Laborales: http://tel.org.ar/spip/est.html

 

[3]
                [3] Ibíd, Taller de Estudios Laborales, informe completo en PDF descargable de la misma fuente.

 

[4]
                [4] Página 12, Domingo, 14 de agosto de 2011: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-5374-2011-08-16.html

 

[5]    Existe cuantiosa bibliografía disponible producida por el CONICET y por el Taller de Estudios Laborales.

[6]
                [6] Ministerio de Economía de la Nación. Cuadro “Actividad – Sectores Económicos”.   http://www.mecon.gov.ar/basehome/pdf/indicadores.pdf

 

[7]
                [7] Fuentes: Empleos Clarín, Zonajobs, Bumeran, Jobomas.

Por: Martín Samartín

La “legalidad” del empleo no siempre garantiza la calidad del empleo.

1-    Qué mercado laboral.

A diferencia de lo que sucedía una década atrás -cuando la actividad económica mostraba una fuerte recesión, el desempleo superaba el 23%[1] y prácticamente no existía oferta de puestos de trabajo-, los indicadores de la situación económica actual ofrecen a los jóvenes perspectivas mucho más alentadoras. El discurso oficial del gobierno, celebrando la creación de millones de nuevos puestos de trabajo, trae la buena nueva: significativa reducción del nivel de desempleo y del trabajo no registrado. Si nos atenemos a las estadísticas oficiales, esto es muy cierto: durante el 4º trimestre de 2010 la Tasa de Desocupación fue del 7,3%; en tanto que, para igual período, el porcentaje de Asalariados No Registrados (“en negro”) sobre el total de la mano de obra ocupada fue del 33,7%.[2] Si tomamos en cuenta, por ejemplo, que durante el 1º trimestre de 2006 este indicador llegaba al 44,3%,[3] esto quiere decir que durante la administración del actual gobierno el trabajo “en negro” descendió alrededor de 10 puntos. Otro dato a tener en cuenta es la apertura permanente de las paritarias y el incremento de la sindicalización.[4]

El descenso acentuado de los niveles de desocupación y, en menor medida, del trabajo no registrado, son dos de los pilares de la política económica y social del gobierno nacional, que no obstante su impacto social real, como sucede con toda estadística, quedan sujetos a determinadas interpretaciones y definiciones políticas. Existe un mito instalado según el cual la calidad del empleo se relaciona única y exclusivamente a su condición de trabajo registrado. En efecto, en el discurso oficial, el “trabajo en blanco” aparece inmediatamente como sinónimo de “trabajo de calidad”. Pero la cuestión sobre la calidad del empleo quizás no corra por carriles tan visibles como aquellos por donde lo hacen los datos cuantitativos de la macro economía. Por lo tanto, esta cuestión parece merecer un análisis más específico, ya que se trata de un problema complejo y que afecta directamente al corazón del modelo económico y la trama de las relaciones de poder en juego.

Cabe entonces preguntarse si la sola condición de “legalidad” del empleo –característica del trabajo en blanco- garantizaría en sí misma niveles de calidad mayores a los pre-existentes. Bastaría con recorrer la amplia bibliografía sobre estudios laborales, para advertir rápidamente que los investigadores suelen tomar como indicadores un conjunto de datos asociados al proceso de trabajo que se podrían resumir como “Condiciones y Medio Ambiente de Trabajo” (CyMAT)[5]. Entre estos indicadores es común tener en cuenta, por ejemplo, los riesgos de salud laboral (tanto física como psíquica) vinculados al proceso de trabajo; el tipo de tarea y los ritmos de producción; la frecuencia y características de los accidentes de trabajo; la extensión de la jornada laboral; el tipo de jornada (rotativa, con o sin fines de semana, diurna o nocturna, etc.); la distribución de los tiempos de descanso; la existencia y aplicación de normas que regulen la actividad laboral encuadradas en Convenios Colectivos de Trabajo; el principio legal de igual salario por igual tarea; el valor efectivamente pagado por la reproducción de la fuerza de trabajo; el grado de sindicalización y organización en los lugares de trabajo de la fuerza laboral; y así sucesivamente. Es decir, una simple medición de algunos de los índices de las CyMAT por rama de la industria, o servicios, bastaría para poner en tela de juicio la supuesta igualdad de términos entre “legalidad” y “calidad” del empleo.

Con el propósito de orientarnos mejor respecto a este tema, consultamos al Lic. Oscar Martínez, sociólogo e integrante del Taller de Estudios Laborales. Martínez explica que el problema consiste en que actualmente no existe una estadística global que arroje datos válidos acerca de la calidad del empleo derivada del proceso de trabajo, quedando supeditada la posibilidad de obtener tales datos a la voluntad política de los sindicatos, y a su nivel de organización en los lugares de trabajo. Según cuenta Martínez, en actividades como call center, industria automotriz o bancaria -por mencionar algunas donde el nivel de trabajo en blanco es elevado-, no podríamos llegar a afirmar que la calidad del empleo sea por ello automáticamente alta, sino que, más bien, la tendencia general es la opuesta, a pesar de la existencia de trabajo registrado.

Por todo esto, y en razón de la dificultad para obtener un panorama global sobre la calidad del empleo en todas las ramas de la producción de bienes y servicios, podemos hablar solamente, y de forma provisoria, de ciertas tendencias en los sectores más activos de la economía; las cuales –así y todo- nos sirven en sí mismas para echar por tierra aquella hipótesis según la cual la calidad de los puestos de trabajo es identificable con su sola condición de trabajo legalmente registrado.

2-    Qué fuerza de trabajo.

Ateniéndonos únicamente a aquellas actividades económicas de mayor crecimiento desde el 2010 en adelante (comercio mayorista y minorista, servicios en general, servicios de intermediación financiera, industria manufacturera y agro-ganadería)[6] podemos diferenciar cuatro tipos de mano de obra que son las más requeridas en los avisos de búsqueda por internet de agencias laborales, consultorías, o departamentos de Recursos Humanos de las mismas empresas:

a)    Fuerza de Venta de Servicios Financieros: dirigida mayormente a jóvenes estudiantes de entre 18 y 30 años, con experiencia en venta de productos bancarios o afines.

b)    Técnicos y profesionales: dirigida a una mano de obra de alta calificación en el manejo de tecnologías.

c)    Operarios: dirigida a técnicos calificados en el uso de herramientas productivas.

d)    Mano de obra de baja calificación para tareas diversas.[7]

Esto quiere decir que la oferta laboral relacionada a los nuevos puestos de trabajo en las ramas más activas de la economía, requieren una especialización de la mano de obra que incluye el dominio de tecnologías de avanzada; o de varios idiomas y experiencia previa a baja edad, en el caso del sector terciario -condiciones que no toda la población activa que busca trabajo posee-. Y en el caso de no contar con la experiencia, la edad o el nivel de calificación requerido, lo que le aguarda a esa franja intermedia es la oferta destinada a la mano de obra de escasa calificación.

Otra pregunta que surge en relación a la reactivación económica y la inserción laboral, es saber si el sistema educativo, por un lado, y la transmisión de determinados saberes y oficios -interrumpida hacia fines de la década del 90-, por el otro, se complementan -o no- con los requerimientos de la industria y la actividad económica.

Pero una cuestión, aún más radical que la anterior, sería determinar si la función última del sistema educativo debería ser, sin más, la sumisión ante las metas del desarrollismo económico.

Éstos son los temas menos discutidos por nuestra sociedad. ¿Qué pensarán al respecto los lectores?

 

Por: Martín Samartín
[1]

                [1] Ministerio de Economía de la Nación. Cuadro “Empleo e Ingresos – Empleo y Desocupación”. http://www.mecon.gov.ar/basehome/pdf/indicadores.pdf

 

[2]
                [2] Informe trimestral de estadísticas laborales y económicas; Taller de Estudios Laborales: http://tel.org.ar/spip/est.html

 

[3]
                [3] Ibíd, Taller de Estudios Laborales, informe completo en PDF descargable de la misma fuente.

 

[4]
                [4] Página 12, Domingo, 14 de agosto de 2011: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-5374-2011-08-16.html

 

[5]    Existe cuantiosa bibliografía disponible producida por el CONICET y por el Taller de Estudios Laborales.

[6]
                [6] Ministerio de Economía de la Nación. Cuadro “Actividad – Sectores Económicos”.   http://www.mecon.gov.ar/basehome/pdf/indicadores.pdf

 

[7]
                [7] Fuentes: Empleos Clarín, Zonajobs, Bumeran, Jobomas.