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El Gran Otro | Mircoles 20 de Setiembre de 2017

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Oscar Wilde: El juicio de un dandy

Oscar Wilde: El juicio de un dandy

Por: Ludmila Barbero.

Una mirada oblicua sobre las rígidas antinomias de la moral.

La pieza, articulada en torno al juicio en que Wilde fue condenado por su homosexualidad, nos interpela sobre los prejuicios que, a pesar de haber sido superados en lo legal, continúan formando parte del imaginario social.

 

[showtime]

 

Yo no le diré que no importa el qué dirán. Importa mucho. Importa demasiado. Pero hay momentos en que es preciso elegir entre vivir la vida plenamente, hondamente, o arrastrar una de esas existencias falsas, superficiales, degradantes, que el mundo en su hipocresía exige.

OSCAR WILDE, El abanico de lady Windermere

Vivir la vida plenamente, con ardor y absoluta entrega a la belleza, fue el principal deseo de Oscar Wilde, causa a un mismo tiempo de su grandeza y de su ruina. La obra de Julio Ordano pone en escena el juicio en el que se lo declaró culpable de “indecencia grave” y se lo condenó a dos años de trabajos forzados.

Todo comienza el 28 de febrero de 1895, cuando el marqués de Queensberry, padre de Lord Alfred Douglas, joven con quien Wilde mantenía una intensa relación, deja una tarjeta en la recepción del Albermale Club que reza: “A Oscar Wilde, que alardea de sodomita”. La frase se repite una y otra vez en la puesta de Ordano. No sabemos si la causa de la reiteración es la retórica requerida por el derecho o si se trata por alguna otra razón de un núcleo al que el relato debe regresar. Es interesante considerar la invectiva del marqués en su idioma original: For Oscar Wilde posing sodomite. A partir de ella podemos aventurar una nueva traducción: “Para Oscar Wilde que posa como sodomita”. Nada de lo que Oscar Wilde hace es otra cosa que una pose. Sin embargo, parece estar tan comprometido con sus poses que es capaz de sostenerlas hasta las últimas consecuencias. Su esteticismo no puede ser leído como mera frivolidad, sino como una búsqueda de recorridos transversales, oblicuos, de alternativas a la unidireccionalidad de las rígidas antinomias de la moral victoriana. Wilde no fanfarronea por practicar la sodomía: el acto sexual con hombres es sólo una parte de la atracción estética más amplia que siente para con los jóvenes de su sexo. Y no se pavonea de ella, pero el padre de “Bosie”, en su mezquina acusación, acierta en algo: Oscar posa, porque concibe su vida como una forma de arte y su arte como la manifestación más exquisita de esa existencia estetizada.

La obra se articula en torno al juicio a Wilde en los dos sentidos de la frase: por un lado, el proceso y la condena, y por el otro, las opiniones, valoraciones y puntos de vista del dandy. Lo interesante es el modo en que la instancia judicial da lugar a la representación de escenas previas y posteriores, a la manera de flashbacks y flashforwards, en las que es posible encontrar al “rey de la vida” en los despliegues de fantasía de sus encuentros amorosos, allí donde la escena judicial nos muestra la faceta defensiva del sarcasmo epigramático que tan hábilmente practicaba.

Uno de los aspectos más desconcertantes y ricos de la pieza es la ambigüedad que recae sobre los representantes de la ley. Julio Ordano había estrenado este trabajo a comienzos de los 90, en esta ocasión se propuso reestrenarlo con algunas modificaciones. Una de ellas es la reducción del elenco. Esta variación permite que el personaje del juez (Edgardo Moreira) encarne, sin solución de continuidad, el papel de Alfred Taylor, un amigo cercano del escritor que regenteaba un prostíbulo masculino frecuentado por este último. Sin embargo, esta no es la única vía a través de la cual los representantes del poder se aproximan al amaneramiento que condenan. El juez, en ocasiones, disfruta de las ocurrencias de Oscar; el fiscal (Enrique Dacal) establece una cercanía corporal tan marcada con el acusado que por momentos nos vemos tentados a interpretarla como un intento de seducción. Hernán Vázquez, por su parte, representa a toda una serie de testigos, la mayor parte de los cuales avalan la denuncia de sodomía que pesa sobre Wilde, y al mismo tiempo, encarna a su amante en un flashback en el que atisbamos la vida del escritor en su juventud. En cuanto al protagonista, Enrique Papatino ha sabido dar cuerpo a un personaje que, entre bocanadas de humo, exhala un saber en apariencia frívolo, pero que en su sencilla agudeza nos recuerda que, como afirma Lord Darlington en El abanico de lady Windermere, “La vida es demasiado importante para hablar seriamente de ella”. Cabe destacar la coherencia subyacente entre la representación del período de apogeo del dandy y la decadencia que sobrevino a partir de la condena social por su orientación sexual. Ambos períodos aparecen en la trama como manifestaciones de una misma pulsión que lo compelía a experimentar el arte y la vida, esas dos realidades para él inescindibles, con la mayor pasión e intensidad posibles. Se trata de vivir ardientemente cada momento, tanto en el placer como en el dolor, en la medida en que para Oscar, como afirmará en De profundis, el dolor “es a un tiempo el modelo más original y la piedra de toque del gran arte”.

La escenografía, a cargo de Alberto Bellatti, consiste en la mesa del jurado cubierta por un mantel que se nos presenta como el lienzo de otro mantel pintado en su interior: el escenario en el que vemos la representación de la vida de quien hizo de su existencia real una dramatización, una pose, no consigue escapar al influjo estetizante del acusado. En este sentido, no resulta casual que la corbata del juez comparta el patrón de la mesa: él ocupa el lugar de lo institucional, del derecho victoriano que se propone normalizar la vida sexual de sus ciudadanos, pero en su carácter híbrido de juez y proxeneta amigo del escritor queda incluido él también en el dibujo fantasioso, en el decorado que Wilde vierte sobre lo que lo rodea, porque después de todo esta obra es sobre su juicio y en ella él es quien tiene la última palabra.

 

Por: Ludmila Barbero

 

Ficha artística:
Autoría: Julio Ordano
Actúan: Enrique Dacal, Edgardo Moreira, Enrique Papatino, Roberto Ponce, Nilda Raggi, Hernán Vazquez
Vestuario: Alberto Bellatti
Escenografía: Alberto Bellatti
Música original: Sergio Vainikoff
Asistencia de dirección: Anabel Ferreyra, Florencia Rodríguez Zorrilla
Prensa: Daniel Franco, Paula Simkin
Dirección: Julio Ordano
Sala: Actor’s Studio (Diaz Velez 3842)
Funciones: Sábado y Domingo a las 19
Precio: $40 y $20
Por: Ludmila Barbero.

Una mirada oblicua sobre las rígidas antinomias de la moral.

La pieza, articulada en torno al juicio en que Wilde fue condenado por su homosexualidad, nos interpela sobre los prejuicios que, a pesar de haber sido superados en lo legal, continúan formando parte del imaginario social.

[showtime]

Yo no le diré que no importa el qué dirán. Importa mucho. Importa demasiado. Pero hay momentos en que es preciso elegir entre vivir la vida plenamente, hondamente, o arrastrar una de esas existencias falsas, superficiales, degradantes, que el mundo en su hipocresía exige.

OSCAR WILDE, El abanico de lady Windermere

Vivir la vida plenamente, con ardor y absoluta entrega a la belleza, fue el principal deseo de Oscar Wilde, causa a un mismo tiempo de su grandeza y de su ruina. La obra de Julio Ordano pone en escena el juicio en el que se lo declaró culpable de “indecencia grave” y se lo condenó a dos años de trabajos forzados.
Todo comienza el 28 de febrero de 1895, cuando el marqués de Queensberry, padre de Lord Alfred Douglas, joven con quien Wilde mantenía una intensa relación, deja una tarjeta en la recepción del Albermale Club que reza: “A Oscar Wilde, que alardea de sodomita”. La frase se repite una y otra vez en la puesta de Ordano. No sabemos si la causa de la reiteración es la retórica requerida por el derecho o si se trata por alguna otra razón de un núcleo al que el relato debe regresar. Es interesante considerar la invectiva del marqués en su idioma original: For Oscar Wilde posing sodomite. A partir de ella podemos aventurar una nueva traducción: “Para Oscar Wilde que posa como sodomita”. Nada de lo que Oscar Wilde hace es otra cosa que una pose. Sin embargo, parece estar tan comprometido con sus poses que es capaz de sostenerlas hasta las últimas consecuencias. Su esteticismo no puede ser leído como mera frivolidad, sino como una búsqueda de recorridos transversales, oblicuos, de alternativas a la unidireccionalidad de las rígidas antinomias de la moral victoriana. Wilde no fanfarronea por practicar la sodomía: el acto sexual con hombres es sólo una parte de la atracción estética más amplia que siente para con los jóvenes de su sexo. Y no se pavonea de ella, pero el padre de “Bosie”, en su mezquina acusación, acierta en algo: Oscar posa, porque concibe su vida como una forma de arte y su arte como la manifestación más exquisita de esa existencia estetizada.
La obra se articula en torno al juicio a Wilde en los dos sentidos de la frase: por un lado, el proceso y la condena, y por el otro, las opiniones, valoraciones y puntos de vista del dandy. Lo interesante es el modo en que la instancia judicial da lugar a la representación de escenas previas y posteriores, a la manera de flashbacks y flashforwards, en las que es posible encontrar al “rey de la vida” en los despliegues de fantasía de sus encuentros amorosos, allí donde la escena judicial nos muestra la faceta defensiva del sarcasmo epigramático que tan hábilmente practicaba.
Uno de los aspectos más desconcertantes y ricos de la pieza es la ambigüedad que recae sobre los representantes de la ley. Julio Ordano había estrenado este trabajo a comienzos de los 90, en esta ocasión se propuso reestrenarlo con algunas modificaciones. Una de ellas es la reducción del elenco. Esta variación permite que el personaje del juez (Edgardo Moreira) encarne, sin solución de continuidad, el papel de Alfred Taylor, un amigo cercano del escritor que regenteaba un prostíbulo masculino frecuentado por este último. Sin embargo, esta no es la única vía a través de la cual los representantes del poder se aproximan al amaneramiento que condenan. El juez, en ocasiones, disfruta de las ocurrencias de Oscar; el fiscal (Enrique Dacal) establece una cercanía corporal tan marcada con el acusado que por momentos nos vemos tentados a interpretarla como un intento de seducción. Hernán Vázquez, por su parte, representa a toda una serie de testigos, la mayor parte de los cuales avalan la denuncia de sodomía que pesa sobre Wilde, y al mismo tiempo, encarna a su amante en un flashback en el que atisbamos la vida del escritor en su juventud. En cuanto al protagonista, Enrique Papatino ha sabido dar cuerpo a un personaje que, entre bocanadas de humo, exhala un saber en apariencia frívolo, pero que en su sencilla agudeza nos recuerda que, como afirma Lord Darlington en El abanico de lady Windermere, “La vida es demasiado importante para hablar seriamente de ella”. Cabe destacar la coherencia subyacente entre la representación del período de apogeo del dandy y la decadencia que sobrevino a partir de la condena social por su orientación sexual. Ambos períodos aparecen en la trama como manifestaciones de una misma pulsión que lo compelía a experimentar el arte y la vida, esas dos realidades para él inescindibles, con la mayor pasión e intensidad posibles. Se trata de vivir ardientemente cada momento, tanto en el placer como en el dolor, en la medida en que para Oscar, como afirmará en De profundis, el dolor “es a un tiempo el modelo más original y la piedra de toque del gran arte”.
La escenografía, a cargo de Alberto Bellatti, consiste en la mesa del jurado cubierta por un mantel que se nos presenta como el lienzo de otro mantel pintado en su interior: el escenario en el que vemos la representación de la vida de quien hizo de su existencia real una dramatización, una pose, no consigue escapar al influjo estetizante del acusado. En este sentido, no resulta casual que la corbata del juez comparta el patrón de la mesa: él ocupa el lugar de lo institucional, del derecho victoriano que se propone normalizar la vida sexual de sus ciudadanos, pero en su carácter híbrido de juez y proxeneta amigo del escritor queda incluido él también en el dibujo fantasioso, en el decorado que Wilde vierte sobre lo que lo rodea, porque después de todo esta obra es sobre su juicio y en ella él es quien tiene la última palabra.

Por: Ludmila Barbero

Ficha artística:
Autoría: Julio Ordano
Actúan: Enrique Dacal, Edgardo Moreira, Enrique Papatino, Roberto Ponce, Nilda Raggi, Hernán Vazquez
Vestuario: Alberto Bellatti
Escenografía: Alberto Bellatti
Música original: Sergio Vainikoff
Asistencia de dirección: Anabel Ferreyra, Florencia Rodríguez Zorrilla
Prensa: Daniel Franco, Paula Simkin
Dirección: Julio Ordano
Sala: Actor’s Studio (Diaz Velez 3842)
Funciones: Sábado y Domingo a las 19
Precio: $40 y $20
Por: Ludmila Barbero.

Una mirada oblicua sobre las rígidas antinomias de la moral.

La pieza, articulada en torno al juicio en que Wilde fue condenado por su homosexualidad, nos interpela sobre los prejuicios que, a pesar de haber sido superados en lo legal, continúan formando parte del imaginario social.

[showtime]

Yo no le diré que no importa el qué dirán. Importa mucho. Importa demasiado. Pero hay momentos en que es preciso elegir entre vivir la vida plenamente, hondamente, o arrastrar una de esas existencias falsas, superficiales, degradantes, que el mundo en su hipocresía exige.

OSCAR WILDE, El abanico de lady Windermere

Vivir la vida plenamente, con ardor y absoluta entrega a la belleza, fue el principal deseo de Oscar Wilde, causa a un mismo tiempo de su grandeza y de su ruina. La obra de Julio Ordano pone en escena el juicio en el que se lo declaró culpable de “indecencia grave” y se lo condenó a dos años de trabajos forzados.
Todo comienza el 28 de febrero de 1895, cuando el marqués de Queensberry, padre de Lord Alfred Douglas, joven con quien Wilde mantenía una intensa relación, deja una tarjeta en la recepción del Albermale Club que reza: “A Oscar Wilde, que alardea de sodomita”. La frase se repite una y otra vez en la puesta de Ordano. No sabemos si la causa de la reiteración es la retórica requerida por el derecho o si se trata por alguna otra razón de un núcleo al que el relato debe regresar. Es interesante considerar la invectiva del marqués en su idioma original: For Oscar Wilde posing sodomite. A partir de ella podemos aventurar una nueva traducción: “Para Oscar Wilde que posa como sodomita”. Nada de lo que Oscar Wilde hace es otra cosa que una pose. Sin embargo, parece estar tan comprometido con sus poses que es capaz de sostenerlas hasta las últimas consecuencias. Su esteticismo no puede ser leído como mera frivolidad, sino como una búsqueda de recorridos transversales, oblicuos, de alternativas a la unidireccionalidad de las rígidas antinomias de la moral victoriana. Wilde no fanfarronea por practicar la sodomía: el acto sexual con hombres es sólo una parte de la atracción estética más amplia que siente para con los jóvenes de su sexo. Y no se pavonea de ella, pero el padre de “Bosie”, en su mezquina acusación, acierta en algo: Oscar posa, porque concibe su vida como una forma de arte y su arte como la manifestación más exquisita de esa existencia estetizada.
La obra se articula en torno al juicio a Wilde en los dos sentidos de la frase: por un lado, el proceso y la condena, y por el otro, las opiniones, valoraciones y puntos de vista del dandy. Lo interesante es el modo en que la instancia judicial da lugar a la representación de escenas previas y posteriores, a la manera de flashbacks y flashforwards, en las que es posible encontrar al “rey de la vida” en los despliegues de fantasía de sus encuentros amorosos, allí donde la escena judicial nos muestra la faceta defensiva del sarcasmo epigramático que tan hábilmente practicaba.
Uno de los aspectos más desconcertantes y ricos de la pieza es la ambigüedad que recae sobre los representantes de la ley. Julio Ordano había estrenado este trabajo a comienzos de los 90, en esta ocasión se propuso reestrenarlo con algunas modificaciones. Una de ellas es la reducción del elenco. Esta variación permite que el personaje del juez (Edgardo Moreira) encarne, sin solución de continuidad, el papel de Alfred Taylor, un amigo cercano del escritor que regenteaba un prostíbulo masculino frecuentado por este último. Sin embargo, esta no es la única vía a través de la cual los representantes del poder se aproximan al amaneramiento que condenan. El juez, en ocasiones, disfruta de las ocurrencias de Oscar; el fiscal (Enrique Dacal) establece una cercanía corporal tan marcada con el acusado que por momentos nos vemos tentados a interpretarla como un intento de seducción. Hernán Vázquez, por su parte, representa a toda una serie de testigos, la mayor parte de los cuales avalan la denuncia de sodomía que pesa sobre Wilde, y al mismo tiempo, encarna a su amante en un flashback en el que atisbamos la vida del escritor en su juventud. En cuanto al protagonista, Enrique Papatino ha sabido dar cuerpo a un personaje que, entre bocanadas de humo, exhala un saber en apariencia frívolo, pero que en su sencilla agudeza nos recuerda que, como afirma Lord Darlington en El abanico de lady Windermere, “La vida es demasiado importante para hablar seriamente de ella”. Cabe destacar la coherencia subyacente entre la representación del período de apogeo del dandy y la decadencia que sobrevino a partir de la condena social por su orientación sexual. Ambos períodos aparecen en la trama como manifestaciones de una misma pulsión que lo compelía a experimentar el arte y la vida, esas dos realidades para él inescindibles, con la mayor pasión e intensidad posibles. Se trata de vivir ardientemente cada momento, tanto en el placer como en el dolor, en la medida en que para Oscar, como afirmará en De profundis, el dolor “es a un tiempo el modelo más original y la piedra de toque del gran arte”.
La escenografía, a cargo de Alberto Bellatti, consiste en la mesa del jurado cubierta por un mantel que se nos presenta como el lienzo de otro mantel pintado en su interior: el escenario en el que vemos la representación de la vida de quien hizo de su existencia real una dramatización, una pose, no consigue escapar al influjo estetizante del acusado. En este sentido, no resulta casual que la corbata del juez comparta el patrón de la mesa: él ocupa el lugar de lo institucional, del derecho victoriano que se propone normalizar la vida sexual de sus ciudadanos, pero en su carácter híbrido de juez y proxeneta amigo del escritor queda incluido él también en el dibujo fantasioso, en el decorado que Wilde vierte sobre lo que lo rodea, porque después de todo esta obra es sobre su juicio y en ella él es quien tiene la última palabra.

Por: Ludmila Barbero

Ficha artística:
Autoría: Julio Ordano
Actúan: Enrique Dacal, Edgardo Moreira, Enrique Papatino, Roberto Ponce, Nilda Raggi, Hernán Vazquez
Vestuario: Alberto Bellatti
Escenografía: Alberto Bellatti
Música original: Sergio Vainikoff
Asistencia de dirección: Anabel Ferreyra, Florencia Rodríguez Zorrilla
Prensa: Daniel Franco, Paula Simkin
Dirección: Julio Ordano
Sala: Actor’s Studio (Diaz Velez 3842)
Funciones: Sábado y Domingo a las 19
Precio: $40 y $20