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El Gran Otro | Domingo 25 de Junio de 2017

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Paisaje interior

Paisaje interior

Un diálogo con la artista Viviana Blanco

Por Hernán Ruiz

En el universo pictórico de Viviana Blanco conviven en perfecta armonía una misteriosa fauna animada con un grupo de seres imaginarios provenientes de alguna lejana infancia. Sin embargo, dichas escenas aparecen atravesadas por un componente dramático que escapa a cualquier insinuación infantil. Sus imágenes impactan por una belleza que excede lo estrictamente representativo. La dimensión onírica aparece aquí transfigurada por la inquietante presencia de lo trágico que acecha en el aire como la inminente llegada de una posible tempestad. Sin embargo, en la configuración de dichas escenas, aún puede vislumbrarse la posibilidad fortuita de una revelación poética, como si lo terrible y lo maravilloso convivieran ocultos detrás de las sensuales texturas de sus dibujos.

En la intimidad de su taller ubicado en las afueras de la capital federal, Viviana Blanco nos ofreció, en un generoso diálogo, su particular mirada sobre el arte y las posibilidades que este puede brindar como herramienta de conocimiento y construcción de nuevos universos posibles.

¿Cómo surge la selección de temas para tus obras? ¿Hay motivos recurrentes?
Haciendo una mirada retrospectiva de los trabajos, diría que hay tres grandes series. En realidad, el dibujo para mí es eso: una actividad que me ayuda a pensar en lo que me rodea, a descubrir cosas, es una herramienta de conocimiento. Es lo que me ayuda a relevar todo, lo que me rodea y lo que no, también. Y una de las cosas que me pasa viendo los trabajos es que aparecen estas series ‒podría decirse‒: una serie «del bosque», que está más ligada a mi origen del sur. Yo soy de Bariloche, vine a estudiar acá a los dieciocho años y me quedé. Entonces empecé a tener una cosa muy fuerte con el paisaje, pero no con un paisaje que tiene que ver con lo observable, sino que es un paisaje más interno. Sería como la intimidad de los personajes que habitan en esos paisajes. Empiezan a pasar cosas fantásticas, se empiezan a cruzar los relatos. Porque, por un lado, está el bosque con estos personajes que traen estos interiores boscosos, y después está la parte más gráfica, ligada al placer de hacer un plano negro sobre el papel, es como romper la hoja sin romperla. Esa cosa de trabajar con el espacio también la veo como algo mucho más ligado al placer de estar utilizando ciertos elementos compositivos o determinados materiales. Y, si bien van apareciendo cosas nuevas, también siempre hay algo que se mantiene y hay cosas que se van cruzando. Por ejemplo, las series Crónica de un niño eterno o Anima tienen algo de esta mezcla de fantasía y de algo dramático, que muchas veces tiene que ver con el uso del blanco y negro que hace que se vaya para ese lado.

Hay ciertas cosas que me vienen desde mi paisaje natal, y son precisamente esos contrastes, como la nieve o la cosa más árida, seca. Si vienen cosas del paisaje tienen más que ver con una cuestión sensorial, no con una representación mimética; pero si vienen esos datos, yo después los puedo leer. Y con el tema del blanco y negro, a mí también me interesa mucho lo que se arma, lo que se termina diciendo. El dibujo me permite ser muy precisa en ciertas cuestiones que me interesan, que si yo les pusiera color de repente, se perderían. Hay algo que puede leerse como una escritura en el dibujo y ese es el relato que más me interesa. El uso del blanco y negro me sirve para ser concreta. Me interesa mucho el tema de los recursos ajustados: con una pared y un carbón ya se puede hacer algo. Por eso el dibujo viene a ser como el tronco de mi hacer, porque ahí se ramifica todo. Es como si la limitación de esos materiales y esos recursos me permitiera expandirme.

Observando tus trabajos y el tipo de montaje con el que abordás los espacios, interviniendo directamente las paredes y el techo, ¿podría decirse que, de alguna manera, utilizás ciertos criterios «instalativos»?
Sí, eso a mí me encanta, tomar el espacio. De alguna manera, es darte el permiso para hacer ‒fuera de lo que sería el canon de lo que es pintura o lo que es dibujo‒. Cuando empecé estaba preocupada pensando en el arte contemporáneo, entonces quería hacer unas instalaciones y no me alcanzaba la plata para poder hacerlas, todo me quedaba siempre en proyectos inconclusos, con obras de ochenta botellas de no sé qué. En la clínica con Tulio de Sagastizábal, él nos brindaba unas charlas individuales que eran muy enriquecedoras. Nos había hecho llevar un montón de dibujos, a los que yo no les daba mucha importancia porque decía que no dibujaba bien, y además venía con toda la cosa de la escuela, de un dibujo más académico, y Tulio me rescató, me insistió y me hizo ver cosas de mi propio trabajo que yo no veía. En ese momento vivía en una casa pequeña ‒apenas como estos dos cuartos (las dos habitaciones que componen su taller)‒ y quería hacer unas mega instalaciones, y la verdad es que no me daba el espacio ni para probar. Entonces, a partir de ir a su clínica, empecé a entender un poco más. Porque muchas veces uno tiene como un deseo de hacer, pero después hay que entender en el momento en el que estás, cuáles son tus posibilidades y qué es lo que vos querés contar. Sobre todo porque hay un momento ‒que es cuando estudiás‒ que estás muy permeable a los discursos que te atraviesan y podés ir para un lado o para el otro, pero de repente plantarte y decir: «Yo lo que quiero hacer es esto», eso me pasó ahí, y fue cuando empecé a dibujar más en serio.

Es curioso ‒por lo que me decís‒ porque parecería que, a causa de la formación académica, tenías una visión un poco arcaica del dibujo. ¿Considerás que tu obra se inscribe en el registro del arte contemporáneo?
La verdad es que me parece muy difícil separar. Es difícil, como uno está haciendo arte hoy, no ser contemporáneo. Porque parecería que, por estar trabajando con una herramienta tradicional, uno no está siendo contemporáneo; pero para mí ser contemporáneo es estar en el presente y dialogar con cosas del presente, con las situaciones, con la gente que lo ve, generar un intercambio. Y es algo que va más allá de lo formal. Vos podés elegir trabajar con herramientas tradicionales pero eso no necesariamente te arrastra al pasado, si bien se filtran un montón de cosas, también se filtra toda la tecnología que nos rodea por más que estés trabajando con un pincel y óleos, es inevitable. A menos que te vayas a pintar a una cueva sin ver a nadie. Por eso, no es algo que tenga que ver con los materiales, ni con la disciplina que hagas, me parece que, como están dadas las cosas, si vos tenés la posibilidad de mostrar, con toda la interacción que implica el hecho de mostrar, armar un vínculo con la otra persona que vino y vio tu trabajo en la pared, y después fue y vio una escultura de botellas y seguramente armó una relación, eso es lo está pasando hoy. Para mí es un poco así. Pero en un momento, cuando estaba empezando, sentía un poco esa presión de no estar haciendo algo contemporáneo, porque también hay sentencias: «No, esto ya fue», o «hay que trabajar con la web».

Teniendo en cuenta la variedad de registros, que van desde el dibujo a la cerámica, pasando por esta suerte de murales temporales que hacés directamente sobre las paredes de la sala de exposición de turno, ¿cómo definirías tu obra?
Yo creo que todo parte de lo mismo: el dibujo. Cuando me preguntan: «¿Y vos qué hacés?», a mí me sale naturalmente decir que soy dibujante. Cuando decís que sos dibujante, muchos se imaginan a alguien haciendo historietas o a un ilustrador. En el 2007 fue cuando empecé a hacer volúmenes con estos personajes, con estas situaciones que de golpe se me venían a la cabeza y se terminaban armando. Tomo muchas cosas de los sueños, los escribo y saco cositas de ahí, armo mini relatos que no son cuentos ni nada, apenas frases o palabras que quedan dando vueltas en la cabeza, y que condensan una sensación muy particular que tengo a la hora de hacer un dibujo. Venía con estas ganas de poder recorrerlos o tocarlos, y empecé por la cerámica porque tenía algo en común con el dibujo. Yo tenía la idea de los elementos de la naturaleza: por ejemplo, pensar en la carbonilla que está atravesada por el fuego y por el agua, y la arcilla que es barro del río, que proviene del agua pero que también pasa por el fuego. Son dos elementos que tienen procesos que en algún punto se tocan, pero que son totalmente distintos: uno se desarma y se hace polvo, y el otro se vuelve como una roca. Entonces fue que empecé a pensar en estas cosas, y me pareció que tenía sentido que pudiera comenzar a trabajar con un material que se pasara por el fuego. Me atrae mucho la idea de trabajar con un material que fue fundido y, de esa manera, transformado. A mí me pasa algo parecido, siento que en cada dibujo ocurre una transformación, como si hubiese una capa de cosas que yo venía sintiendo y pensando que se transforman y de alguna manera quedan ahí, entre lo que surge como relato o como imagen.

¿Cuál es la primera imagen que recuerdes que te haya impactado?
Recuerdo mucho la imagen de Mallín Ahogado, que es un lugar increíble, que queda a unos diez kilómetros de El Bolsón, porque mis abuelos eran de allá, tenían una casa en el campo entre medio de las montañas, y nosotros cuando éramos chicos íbamos todos los fines de semana. Había que llegar a través de un camino que se iba haciendo cada vez más y más angosto, y muchas veces estaba inundado porque pasaba un río, entonces, había que dejar el auto e ir caminando con las valijas y los bolsos. Y siempre me acuerdo de lo hermoso que era ese lugar, el olor a rosa mosqueta en el aire… Era un lugar mágico que jamás voy a poder dibujar porque era perfecto, hermosísimo; recuerdo la luz, tengo todo en mi cabeza, y creo que a veces van saliendo algunos pedacitos en algunas obras, pero realmente creo que habría que ir a filmar para poder captarlo. Esa viene a ser como la semilla, después uno va agregando cosas. En este sentido, me parece que el dibujo se asimila al fuego o al agua, tiene algo que transforma y en ese transformar uno puede partir desde diferentes ideas siempre para llegar a algo nuevo. Para mí es como decía Joseph Beuys, o como dice Jodorowsky, el arte es sanador, tiene su parte sanadora precisamente en ese proceso de transformación. No estoy hablando de catarsis, ni de una mirada psicoanalítica del arte como un proceso terapéutico, sino del arte como algo más constitutivo de la vida, de algo que nos pasa todo el tiempo. Porque siempre nos estamos transformando, todo el tiempo están mutando nuestro cuerpo y nuestro entorno. Y me parece que algo de esa consciencia la tengo por el trabajo que hago.

¿Qué influencias reconocés en tu trabajo? ¿En qué tradición creés que se inscribe tu obra?En principio, Carolina Antoniadis, Tulio de Sagastizábal y Pablo Siquier, por diferentes motivos, son mis principales referentes. Y también los artistas contemporáneos, me encanta la obra de Matías Duville, con quien nos pusimos a trabajar en carbonilla casi en simultáneo, Tomás Espina, Mauro Giaconi, Vicente Grondona. También me interesa mucho la línea de la ilustración y la historieta, en un momento estaba muy fascinada con Muñoz & Sampayo, con el trabajo de Breccia, y creo que por eso hay mucha influencia, y contaminaciones, y apropiaciones, y todo lo que quieras, y creo que eso está bien. De mi generación hay muchísimas cosas que me interesan y siempre trato de ir a ver.

¿Tenés alguna metodología de trabajo?
Es algo más bien intuitivo, caprichoso. Tengo una suerte de metodología, igual: empiezo por algo que voy trabajando, que es una primera imagen o idea que llega al papel, y le voy haciendo fotos y luego impresiones en hojas A4, y voy trabajando sobre eso. Como si los bocetos vinieran después del dibujo, o en paralelo, pero nunca antes. Es como que van surgiendo nuevas ideas que se transforman, porque después algunas de esas ideas vuelven, pero no es que se pasan siempre igual porque cambia la escala. Y también aparecen las palabras, voy anotando algunas cosas y tal vez no tengan nada que ver el resultado final, con todo ese despliegue, pero a mí me deja tranquila ir trabajando las diferentes ideas. Es muy raro que haga un dibujo de una, en general me llevan mucho tiempo. A veces me pasa que hay algunos dibujos que son más decididos, pero hay muchos que me dan otra pelea y capaz que los dejo cinco meses, y después vuelvo y les encuentro algo. Me gusta esa cosa de que tal vez me mandé un mensaje al futuro y lo dejé ahí para después encontrarlo y seguir haciendo.

¿Cuáles son tus próximos proyectos en lo que queda del año?
El 6 de noviembre voy a estar mostrando porque me invitaron del Centro Federal de Inversiones (C.F.I), que es un ente gubernamental que regula el presupuesto que destinan para cultura todas las provincias, es como el consejo federal, de ahí salen los recursos para las movidas culturales en todas las provincias. Yo trabajaba con ellos con un grupo de artistas que nos dedicamos también a la docencia, a dictar seminarios o capacitaciones, di algunas en Formosa, en Neuquén, en Mendoza. En la muestra del C.F.I también va a estar Ignacio de Lucca (con quien exhibe en este momento en Galería Palatina) y Emilio Fatuzzo. Lo que hacen con estas muestras es armar algo con una idea de representación de las provincias ‒a mí muchas veces me relacionan como representante del sur, pero en realidad hace un montón que vivo acá‒. Facundo Maldonado, que es el curador de la muestra, seleccionó un material mío del 2012 que realmente mostré muy poco; son trabajos que tienen otra línea, que empecé a hacer con pasteles, con colores, es otra cosa. Es una obra que había dejado algo relegada, fue algo nuevo que empezó a salir cuando hice una muestra en Palatina junto con Ignacio Valdéz. Tenemos un montón de trabajos que hicimos a dúo y que creímos que nunca íbamos a mostrar, pero que, sin embargo, nos sirvieron a los dos para contagiarnos y surgieron muchas cosas a partir de eso.

 

Viviana Blanco
Viviana Blanco actualmente está exhibiendo parte de su producción más reciente en una muestra colectiva junto a Ignacio De Lucca y Delfina Bourse, en Galería Palatina, Arroyo 821, C.A.B.A.