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El Gran Otro | Sabado 18 de Noviembre de 2017

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Palabras que vuelan

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Recital dedicado a Federico García Lorca en el Festival Encuentros 2012

Por: Osvaldo Andreoli

 

Un grato concierto dedicado a Federico. Con un programa hispanoamericano que incluyó algunos compositores argentinos «olvidados». Un cancionero heterogéneo con diferentes estilos y cualidades que permitió apreciar la repercusión del poeta en nuestro medio. La mayoría de las musicalizaciones son de mediados del siglo pasado, época en que la influencia de García Lorca se hizo sentir también en la poesía neorromántica argentina.

La poesía musicalizada, convertida en canción, cobra un nuevo sentido. Incorpora la imagen creativa del músico, con su propia versión que se añade a la musicalidad de las palabras del poeta. Esta transposición alcanza distintos niveles, donde están en juego la sensibilidad del músico, el gusto y el estilo personal.

Marta Blanco (canto) y Enrique Premoli (piano)

Marta Blanco se presentó leyendo «Ausencia de Federico», un poema de Ricardo Ostumi, escrito después de una visita a la casa del poeta. También Enrique Prémoli refirió su emoción en Granada, cuando vio el piano de Federico. (Y, ante una invitación, no se animó a tocarlo. Se le paralizaron las manos.) Pero, si bien la visita turística despierta la curiosidad del museo, lugares y objetos, al poeta lo hallaremos en su mensaje. «No creo en los poetas sentados», advirtió el granadino.

Después de leer los versos, la mezzosoprano dejó el micrófono para impostar acústicamente. Entonó en el registro agudo de su tesitura «En lo alto de aquel monte» (1944), de Roberto Caamaño. También de Baladas amarillas escuchamos «Sobre el cielo de las margaritas ando» (1952), de Virtú Maragno, donde después del ostinato y los transportes los afiatados intérpretes cerraron al unísono.

De la cubana Gisela Hernandez apreciamos «Solo por el rocío», de carácter acentuado y ritmo andaluz, con aires de cante jondo. Y en «Mi manzano», se evidenciaron la pronunciación y la dicción española de la intérprete.

Sobre Seis canciones infantiles, el español Xavier Montsalvatge compuso «Canción tonta» (1953). La cantante modula este motivo evocador con efecto de intensidad. El ritmo se vuelve juguetón y chispeante en «Canción china en Europa», con su línea de canto sobre una vocal, en suave ligadura de aire oriental.

«La casada infiel», el popular poema musicalizado por el mexicano Carlos Chávez, presenta variaciones continuas. Un reto de difícil, conjunción entre piano y voz. Por momentos, parecen dos discursos independientes, pero al cabo confluyen. Con estilo impresionista e interrogantes acordes, no carece de fuerte acentuación. Los acordes suspensivos, inciertos, se resuelven al fin con un forte y un corte de piano súbito de Prémoli.

Con «Lucía Martínez» (1954), de Rodolfo Arizaga, culminó la primera parte del recital. La voz alcanzó elevada sonoridad. Y los staccatos del estribillo «porque quiero y porque puedo» confirmaron la interpretación de Marta Blanco.

Gracia y dramatismo

En el intervalo, Enrique Prémoli evocó a Federico con sentidas palabras. Se van a cumplir 80 años de la visita del poeta. Antes de marcharse, dijo que ya estaba extrañando a Buenos Aires.

El recital continuó con «Verlaine» (1954), de Tres retratos con sombras, compuesto por Alicia Terzian. «La canción, / que nunca diré, / se ha dormido en mis labios», comienza el poema. Y la evocación musical lleva al clima del ensueño. La cantante confirmó la emisión segura en el registro agudo y el fiato.

Marta Blanco se emocionó al recordar a Salvador Ranieri. Comenzó «Es verdad» (1963) con tono grave y un lamento que modula y crece con acentos dramáticos. Las variaciones son de fuerte contraste, nerviosos acordes de exigencia vocal. («¡Ay qué trabajo me cuesta / quererte como te quiero!») Saltos abruptos al final. Los «bravos» corroboran una buena interpretación.

«Despedida», de la cubana Odaline de la Martínez, culmina con una invocación y una nota que se alarga también en el piano. «¡Si muero, / dejad el balcón abierto!».

Como un homenaje a Rolando Mañanes, se interpretó «Interlunio». Con staccatos incisivos, acordes contrastantes y trémolos sobre la misma vocal. Fortíssimos y tremolar del teclado. Y versos recitados. Dinámica intensa, matices cambiantes y resonante piano. Ataques y ostinatos donde se prodiga Prémoli, en la veta expresionista del compositor. Un desafío vocal. Baja del sobreagudo a la voz hablada sin solución de continuidad, y salta de nuevo a su tesitura elevada. Afilados timbres y la nota final sostenida dieron cuenta de una interpretación dramática…

En un concierto con diversidad de estilos y técnicas, cada músico presenta su versión lorquiana. La índole de ciertas composiciones fuerza el carácter de la interpretación, a veces en detrimento de la comprensión del texto.

La afinada mezzosoprano, de fraseo adecuado en la intención interpretativa, en esta ocasión se desempeñó con mayor comodidad en la franja alta y media de su tesitura.

Con la gracia de «Arbolé Arbolé» (1938), de Juan José Castro, hubo un cambio de clima. Una bella canción con estilística refinada. Y en «Romance de la luna luna» a una sugerente ensoñación sucedió un despliegue de la dinámica en el teclado, con fortes que exigieron a la cantante. La luna está ligada en Lorca a la tradición de la influencia maléfica.

En «Baile», del español Julian Bautista, el énfasis del pianista soltó un aire gitano con sus ostinatos. En esa rítmica agilidad, la voz sostuvo notas alargadas acompañada por transportes y glisandos. Altos vuelos y al unísono hubo un final intenso y ovaciones.

En los bises de rigor, hubo canciones recopiladas por el propio García Lorca. Fue una interpretación característica, imbuida y con «duende», consustanciada en su fraseo. La calidez de una nana, aletargada pero con matices y vigor interpretativo, culminó el homenaje al poeta asesinado.

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