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El Gran Otro | Martes 26 de Setiembre de 2017

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Paul Gauguin en el Thyssen de Madrid

<!--:es-->Paul Gauguin en el Thyssen de Madrid<!--:-->

Sección: ARTE

Desde el 9 de octubre hasta el 13 de enero de 2013, estará abierta al público la exposición temporal Gauguin y el viaje a lo exótico, en el museo Thyssen de Madrid.

Por: Candela Vizcaíno (corresponsal en España)

Se ha calificado a Paul Gauguin como viajero, pero la vida que llevó fue más bien la de un nómada. Así, siendo tan solo un bebé, su familia se vio obligada a la emigración y, al elegir profesión, se decantó por la de marino mercante. Buscó en distintos emplazamientos un acomodo espiritual y económico que solo encontró, en parte, al final de su vida, en un remoto rincón del planeta: la Polinesia. Allí construyó una obra que se ha erigido en referente del arte contemporáneo.

Viajes hacia lo desconocido

Los viajes de largo recorrido comenzaron a ser populares a finales del siglo XIX. Venían a sustituir al conocido como Grand Tour, un recorrido casi obligatorio entre la elite europea, cuya meta era Roma. En esa época, las comodidades del ferrocarril y de los cruceros transoceánicos permitieron saciar la curiosidad por destinos totalmente desconocidos. Las vistas de Constantinopla, Nueva York o las dunas del desierto de Arabia llenaron, por lo tanto, las bibliotecas burguesas y aristocráticas de media Europa.

Paralelamente, las sociedades científicas de Londres, París o Berlín competían por patrocinar peligrosas exploraciones hacia el interior de África, hacia las cumbres de América, hacia los círculos polares o hacia cualquier recóndito rincón del planeta.

El viaje, el encuentro con lo desconocido, la aventura y las anécdotas de sociedades extrañas estaban de actualidad. Se quería desentrañar el secreto de civilizaciones pasadas, a la vez que se estudiaban las «tribus salvajes».

Los artistas no eran inmunes a esta tendencia pero, si hay uno de esa época que creó escuela posterior, este es, sin duda, el francés Paul Gauguin (1848-1903), quien, después de intentar asentarse en distintos lugares (La Provenza, Copenhague o París), encuentra en los paisajes salvajes dela actual Tahitíel emplazamiento necesario para crear sus coloridos cuadros.

Paul Gauguin: personalidad, obra y huida

Si leemos con atención la biografía de Gauguin, parece que estaba destinado a llevar una vida nómada. Sus padres se exiliaron a América cuando tan solo era un bebé. Como su padre murió en ese mismo viaje, su madre se vio obligada –como cualquier burguesa de la época– a pedir ayuda a sus parientes. Los más cercanos estaban en Lima, donde el pintor pasó sus primeros años.

Orleans, París, Normandía, la Provenza, Panamá, Martinica, la Bretaña y Copenhague serán sus próximas paradas, llevado por un afán de perfeccionamiento de su arte (que descubrió casi rondando la treintena), o bien en busca de una mejor posición económica.

Su encuentro con Tahití, primero, y las islas Marquesas, después, puede considerarse una huida, más que una búsqueda de nuevos lugares. Allí llega sin un céntimo, medio enfermo y con la conciencia del fin. Pero, en este remoto lugar, no solo encuentra consuelo para su espíritu, sino también la fuerza para crear casi cien obras (entre lienzos y esculturas) que lo colocan entre los más influyentes artistas de la época moderna.

En sus «Mares del Sur» pinta, ama, escribe, se indigna por el trato a la población local pero, también, contrae enfermedades gravísimas, como la lepra y la sífilis, que merman su delicado equilibrio psíquico.

Cuando muere, en 1903, deja un legado auténtico, una obra original con una impronta casi salvaje, como la tierra que amó. Los colores planos y las líneas definidas le sirven para retratar las costumbres locales, los miedos ancestrales, la frágil vida de gentes sencillas sin recursos para defender su cosmovisión heredada.

En el museo Thyssen de Madrid

Los modelos femeninos, en su mayor parte, de los cuadros de Gauguin conviven en armonía con una naturaleza que ofrece generosos frutos, a la par que la presencia de los animales es siempre pacífica, como corresponde a una visión paradisíaca. Este idilio es el que se refleja, por ejemplo, en la obra Mata Mua de la colección permanente del museo Thyssen Bornemisza de Madrid.

Las obras del pintor francés estarán acompañadas en la exposición madrileña, que se inaugura el 9 de octubre hasta bien entrado el invierno, de títulos pertenecientes a Klee, Kandinsky y Matisse. El hilo conductor es el viaje hacia lo exótico, hacia lo diferente, hacia lo desconocido, siempre desde la cosmovisión occidental. El viaje servirá para conocer lo otro y, también, para servir de espejo: para reconocerse en esa diferencia, en esa alteridad.

El viaje abre las puertas al espíritu crítico, al ahondamiento de lo interior desconocido (abriendo la puerta a la psicología moderna), a poner en cuestión las moral imperante y, por lo tanto, a ejercer la rebeldía a través de la obra de arte.

El camino no se hará como mero pasatiempo, sino que, en estos autores, tiene un componente de iniciación y, por ende, de catarsis. El encuentro con el «otro no civilizado» se convierte, así, en fuente de conocimiento de uno mismo, y ello es retratado debidamente en la obra de arte. Este primer autor «salvaje» pone las bases para el fovismo posterior, el que tiene como abanderado a Matisse.

Belleza, por lo tanto, pero también plasmación de otros mundos, de otras formas de vivir y de sentir. Y todo comenzó con Gauguin y su viaje a los confines del mundo: a los llamados «Mares del Sur».

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