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El Gran Otro | Lunes 25 de Setiembre de 2017

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Preguntas sin respuestas

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Una demoledora y lúcida crónica del fin de un amor ensaya la italiana Margaret Mazzantini en su novela Nadie se salva solo. Un estilo sólido, cuidadoso en las descripciones y preciso en los diálogos y la psicología de personajes, refuerza los atractivos de un relato desolador, impregnado de una extraña ternura.

 

Por: Carlos Algeri

El tiempo que dura una cena de pareja es el lapso elegido por Margaret Mazzantini para enhebrar el desarrollo de la historia de su impresionante y multipremiada novela Nadie se salva solo (Alfaguara, 2012, 224 páginas).
Los comensales son Gaetano y Delia, dos jóvenes italianos que formaron un matrimonio que fue resquebrajándose hasta la fractura final. Mediante un recurso que en cine se llama flashback (salto atrás en la narración), Mazzantini va desgranando diversos momentos en la vida de la pareja que no tienen nada de excepcionales. Aquí radica una de las virtudes de esta potente y desgarradora novela de la notable escritora y actriz italiana nacida en Dublín, Irlanda: Gaetano y Delia son tan comunes, tan parecidos a cualquiera de nosotros, tan imperfectamente humanos, que el fenómeno de identificación con el lector es inmediato.
A lo largo de más de doscientas páginas, asistimos a todos los estadios de la pareja: el deslumbramiento inicial, los sueños fundacionales con potencial felicidad eterna incluida, los diques de contención de la realidad, la transformación que plantean los hijos, las primeros descascaramientos del edificio conyugal, el débil e inútil apuntalamiento, hasta culminar en el inevitable derrumbe final.
Para solaz del lector, la autora descarta la crónica cronológica, altera los tiempos a piacere, infundiendo ritmo, interés y vivacidad a un relato crudo, melancólico, desoladoramente fatalista. Ni ese guionista de medio pelo (guiño autobiográfico: el esposo de Mazzantini es el cineasta italiano Sergio Castellitto, quien filmó varias novelas de su esposa, incluida la presente) ni esa nutricionista atribulada entienden por qué pasó lo que pasó. Se lo preguntan y no encuentran respuestas. Otean alrededor de las mesas de ese restaurante tan italiano como los caracteres de los protagonistas, más por escapismo o curiosidad que a la búsqueda de tratar de explicar lo inexplicable. Acaso, porque el amor es tan indefinible y desconocido cuando empieza o cuando termina. En este punto, Mazzantini pareciera plantarse desafiante frente a los lectores y asegurar (sutilmente, con la lucidez del sobreentendido) que nada sabemos del amor ni del desamor, y que no hay criatura más acechada por la sombra, la duda y el temor a lo desconocido que el ser humano.
Definida por la prensa (acertadamente) como «una de nuestras mejores coreógrafas de lo íntimo», la novelista italiana tiene una precisión quirúrgica para diseccionar las personalidades de sus protagonistas y exhibirlos con todo su caudal de violencia contenida, en ebullición o en la fase final de la explosión. Como en el momento cumbre, en el que Delia, a los postres y en pleno restaurante, le arroja el helado a la cara a quien fuera su compañero de ruta durante tantos años. Gaetano no reacciona. Se limita a limpiar los restos de su ropa. Entiende, aunque no justifica, que algo pudo generar esa acción. Hay una extraña ternura en su falta de reacción. Después de todo, al fin y al cabo, fue Delia quien le arrojó el helado, la mujer a la que tanto amó y a la que, tal vez, ni siquiera ha dejado de amar. Es tan imperceptible la frontera entre uno y otro sentimiento.
Alguna vez, Marco Denevi habló sobre la necesidad de escribir sobre «personas ordinarias puestas en situaciones extraordinarias». El pedido del escritor argentino le cabe de perillas a Nadie se salva solo. El comienzo o el fin de un amor son situaciones extraordinarias.
La rudeza de ciertos diálogos, la permanente tensión no eximen del rescate de postales de la pareja en las que se entrevé una fugaz felicidad, que la prosa elegante, precisa, demoledora, de Mazzantini rescata como un último y desesperado esfuerzo de los protagonistas (acaso también de ella misma) de creer en la posibilidad del amor. A pesar de todo. Fundamentalmente, a pesar de nosotros mismos.
«Siempre escribo sobre tipos que tienen fallos y faltas, que están cojos. Eso es lo que nos hace humanos», reconoce la autora, quien define la escritura como «un sentimiento que se acerca, una vorágine, un hambre abierto. Nadie realmente feliz es escritor». Datos útiles para dimensionar objetivos y motivaciones de una escritora que deslumbra por la precisión de sus descripciones, sus diálogos certeros y su poética de lo cotidiano; es decir, la observación profunda y atenta de esos  rituales rutinarios que componen una vida.

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