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15 noviembre, 2013

Proyecto Biopus La conducta como material

Por Laura Códega

Médicos, ingenieros, físicos, metafísicos y esotéricos usan indistintamente la palabra energía. Tanto la robótica como la ingeniería genética y el feng-shui hablan de este flujo esencial. Lo mismo sucede con los productos comestibles, que desde los comerciales nos prometen la dosis de energía diaria necesaria, y con los políticos, que desde los periódicos aseveran «estar poniendo la energía en gestionar». Energía es una tensión que sirve tanto para potenciar la solidez de la ciencia como para referirse a una propiedad fundamental de conducción de los seres vivos. «Es un recurso natural, que también nos habla de decisión
y voluntad para el cambio», reza la introducción de Tecnópolis.
Actualmente, más que ninguna otra cosa, la energía es el canal de los deseos individuales y sociales. Los estados invierten en este recuso y las personas depositamos en ella nuestra confianza en el futuro. La energía mira hacia adelante y la tecnología es la herramienta que la administra.

 

Emiliano Causa y Matías Romero Costas son artistas del grupo Biopus, que trabaja en Buenos Aires y La Plata investigando a través de la producción, las relaciones entre el público y la obra. El grupo realiza arte interactivo valiéndose de la tecnología para desarrollar obras en las que las personas se ven envueltas en situaciones energéticas variables y diversas.
Uno de sus últimos trabajos es la obra Osedax (2012), en la que el público ingresa en una sala a oscuras y se encuentra con una escultura que representa el esqueleto de una ballena: una osamenta de doce metros habitada por pequeñas amebas virtuales que lo recorren, proyectadas mediante mapping. En el suelo, otras esculturas menores representan a otros seres. El público puede interactuar levantando las esculturas y acercándolas al esqueleto. Al hacer esto, las amebas virtuales transforman el ecosistema en su conjunto. A
su vez, esta evolución dinámica genera como respuesta un ambiente sonoro.

Otra de las obras, Coexistencia (2011) es una instalación en la que el público puede interactuar para generar música en tiempo real. La gente ingresa en una sala a oscuras repleta de esculturas plásticas que representan seres de una naturaleza artificial a los
que puede mover o levantar para generar texturas coloridas y música al mismo tiempo. Esta naturaleza seduce al público, que al captar que sus movimientos generan reacciones descubre, asimismo, que el exceso de movimiento de las esculturas también
rompe el equilibrio del ecosistema virtual, y los deja momentáneamente inactivos. Así, el público creador aprende a administrar el movimiento y el reposo de los muñecos.
La obra propone un aprendizaje de un funcionamiento que va de una acción de movimiento
físico humano a una reacción virtual. Este proceso genera un efecto mágico en el espectador. «En nuestro trabajo está presente, primero, un etapa de acercamiento más lúdica, de experiencia inmediata, que es atractiva, invita al juego, a participar y es de muy fácil acceso: tocás una pantalla y algo sale o suena. Sucede algo que entendés que podés
controlar. Como primer impacto, la gente se fascina por eso. Después parece que es difícil comprender lo que está sucediendo, pero pasado un rato de estar con la obra hay una nueva fascinación. Después está el tercer nivel, más críptico, más profundo, que es
una cuestión técnica y de desarrollo», explica Matías Romero Costas.
Según Emiliano Causa, uno de los dos actuales integrantes del grupo, que en su origen contaba con cuatro integrantes: «Es importante no caer en una mirada hermética, elitista, sino poder llamar a los otros a jugar y dialogar con la obra para que entienda las reglas del juego. Hay una cosa muy didáctica en esa necesidad. La interactividad implica un diálogo. Nosotros construimos una gramática con la que el público construye su discurso, pero esa
gramática tiene que ser clara, porque si no, no es posible la construcción de ese discurso». «Nosotros no ponemos al espectador en el lugar del autor, sí en el de creador», dice Emiliano.
El uso de vocabulario científico y biológico acompaña las obras de Biopus. Palabras como
metabolización, simbiosis, ecosistema y naturaleza son usadas para describir las causas y efectos de sus obras tecnológicas. En este mismo sentido, se nos representa el dilema de los híbridos: corazones artificiales, clonaciones, transgénicos y otros tantos vastos ejemplos en los que la relación entre ciencia y vida abre el debate de lo natural y lo artificial.
Los autores refieren: «Hay algo en común entre la información y la vida. En este momento la vida está siendo entendida como información gracias a la bioingeniería y, hoy en día, se están juntando las tecnologías de la información con las tecnologías de la vida y uno puede tratar a la vida como

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información, o sea, procesarla, modificarla, editarla, montarla.
La dinámica de la tecnología tiene que ver con la vida en términos de cómo va evolucionando y cómo va apropiándose de nuestra cultura».
Naturaleza y cultura son un binomio que ya no sirve para explicar nuestro mundo, dice Bruno Latour en Nunca fuimos modernos. Entonces, ¿cómo manejar la tecnología para conducir esta energía en función de mejorar nuestras vidas y nuestras sociedades? Dice
Emiliano: «Uno se puede preguntar hacia donde nos lleva la tecnología, pero me parece que siempre esta responde a la forma de pensamiento de la cultura que la está atravesando, la tecnología termina denunciando cuál es el imaginario de la cultura en ese momento, cuáles son los valores de la cultura en ese momento, qué es lo que está pasando. Hay cosas
positivas y otras que son extremadamente negativas de nuestra cultura. Me refiero al hecho que el capitalismo tiene un montón de cuestiones asociadas que son terribles, muy deshumanizantes y parte de la tecnología responde a esas necesidades». «Yo no
pongo el ojo sobre la tecnología en sí —dice Causa—, sino sobre los procesos, los modos de producción y las cosas que están detrás de la tecnología y que hacen que determinadas tecnologías tengan más prevalencia por sobre otras. Las obras Coexistencia y Sobra la falta
hablan de la contradicción de la condición humana.
Todos queremos tocar todo y consumir todo, pero estamos haciendo pelota nuestro propio ambiente.

Esos trabajos proponen la utopía de que la tecnología tiene que venir a ayudarnos a que cambiemos». Sobra la falta (2008) es una instalación donde un robot recoge desechos para crear imágenes usando la basura que el público arroja. Al entrar en la sala, el público
puede dejar residuos en un depósito que luego de acumularse serán extraídos y redistribuidos por un robot para crear formas estéticas.
Grande es la incidencia de la tecnología y la diversidad de sus manifestaciones en el arte actual. En los últimos años, muchos artistas han desarrollado proyectos en los que se reflexiona sobre el uso de la tecnología y los efectos que produce en el arte, la sociedad y la
cultura. Si recordamos que el termino griego techné designaba indistintamente técnica o arte entendemos la profundidad de esta relación y lo íntimamente vinculadas que están estas esferas de lo humano.
También podemos imaginar que todo estaba escrito al empuñar la primera herramienta.