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El Gran Otro | Lunes 20 de Noviembre de 2017

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Recados del mundo analógico

Recados del mundo analógico

Por Rodrigo Alonso

 

En su libro La cámara lúcida, Roland Barthes formula la condena al realismo de la fotografía con una idea emblemática: más allá de los sentidos posibles, es innegable que lo que en ella se exhibe estuvo delante de la cámara. Sus críticos han señalado con frecuencia que esos sentidos no son irrelevantes: en la opinión de éstos, el mero registro del mundo objetivo poco tendría de evidente si ellos no se pusieran en funcionamiento. Así, la realidad no sería el punto de llegada de la fotografía (una captura) sino más bien su punto de partida (un índex o una alegoría), la piedra de toque para el despliegue de una infinidad de universos posibles.

 

Los trabajos de Lena Szankay parten de esta aproximación a la realidad y el mundo. Ellos no se agotan en los objetos, los lugares o los personajes que vehiculan, sino que plasman atmósferas, modelan sensaciones, promueven una labilidad de sentidos que interpela al observador. Sus imágenes de la naturaleza no son propiamente paisajes; las de personas, no se reducen al retrato. En todas se presiente la inmanencia de una situación, un acontecimiento o una escena que dota a cada uno de sus componentes de un cierto halo único y vital. Un vestido colgado detrás de una puerta, un niño sentado de espaldas a una piscina, una bombita de agua que levita sobre las manos de otro infante son circunstancias comunes, pero desde el punto de vista de la cámara de Szankay se tornan excepcionales. Que correspondan a la más estricta realidad, importa poco. La fotografía es aquí un medio transfigurador, incluso en el sentido místico de la palabra.

 

En las tomas que componen Sinestesia, Szankay se adentra en los espacios suburbanos. En éstos se encuentra con un grupo de niños rodeados de naturaleza, entornos domésticos y juegos. Según lo expresa la artista, no es el universo infantil lo que le interesa, sino las fantasías, los miedos y los fantasmas que de él se desprenden. Sin embargo, hay otro elemento que llama la atención. Estos chicos no juegan con computadoras, no portan teléfonos celulares, no adecuan sus movimientos a los dictámenes del Wii. Viven en un mundo analógico, de pastos verdes, luces y sombras, sonidos de pájaros, construcciones de madera, juguetes de plástico, frescura del agua, inmensidad de los parques abiertos, objetos de colores, calidez del sol. Un mundo de sensaciones intensas, entremezcladas, heterogéneas y simultáneas.

 

Un mundo que la fotografía analógica ha plasmado y todavía plasma de un modo muy singular. En su libro Después de la fotografía, Fred Ritchin asegura: “Secciones, segmentos y pasos son la materia de lo digital. Los medios análogos son referencias (y analogías) de la continuidad y el fluir. Lo digital implica significantes codificados, datos que fácilmente pueden ser manipulados, aislados de su origen, mientras que lo análogo emana del viento, la madera y los árboles, el mundo de lo tangible. Lo digital se basa en una arquitectura de abstracciones infinitas y repetibles en las que el original y su copia son lo mismo; lo análogo envejece y se pudre, mengua de generación en generación, cambia su sonido, su apariencia, su olor.”

 

Aunque los programas informáticos puedan transformar la música en imagen, y luego en texto, y luego en video, la sinestesia reclama de alguna manera esa continuidad de la experiencia del mundo analógico. Una continuidad que se expresa de forma inigualable en ese momento de la vida en el que todo está menos compartimentado y definido, en el que todo es más indiferenciado e integrado. Ese momento es el de la infancia. Quizás sin proponérselo, Szankay encuentra en estos ámbitos y en estos niños las claves de un universo perdido… o las de un tesoro escondido. Y como éstos, se abandona al juego, a la sensibilidad, al descubrimiento, sabiendo que lo que busca no es una imagen en particular o un dato de la realidad, sino más bien una emoción que transmita la continuidad de lo viviente.

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