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El Gran Otro | Sabado 19 de Agosto de 2017

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Ricardo Mollo

Ricardo Mollo

Dra. Raquel Tesone – Fotos: Sergio Tarditi

Al diván con los artistas es una experiencia de encuentro con los entrevistados que pone en relieve el aporte de su arte. A través de una mirada distinta, se intenta conocer el rostro humano más allá de la idealización, partiendo del método propuesto por Freud, el psicoanálisis aplicado.

Te agradezco que me recibas.
No suelo dar entrevistas por razones múltiples, y una de ellas es el cambio de lo que uno dice a lo que está escrito. Y me gustó la revista porque no tenía que pasar hojas y hojas de publicidad y los artículos son muy buenos.

Quedate tranquilo que nada de lo que digas se va a tergiversar. ¿Por qué consultas? Te escucho.
¿Eh? (risas) ¡Me agarraste desprevenido! Te cuento que he tenido un cambio de actitud que me ayudó a ver las cosas por otro camino. Tuve varias situaciones y encuentros con psicoterapeutas, en el año 88 y a partir de la muerte de Luca Prodán . Fui por primera vez a un psicólogo por el tema de la pérdida y las angustias que yo no podía manejar. Había tenido anteriormente una experiencia no muy buena, por esas cosas de las transferencias a la inversa. Me tocó un terapeuta que quiso ser músico, y terminó siendo terapeuta. Fue bastante complicado (risas). Una cosa que yo tengo naturalmente es el oído y algunas condiciones. Sé diferenciar una nota de otra. Al ver que yo tenía esa posibilidad y él no, se le transformó la cara. Y fue fuerte. Encima, bajo todo su bagaje de que su madre era concertista, pero él no diferenciaba un sol de un la. Entonces, ahí, cuando me preguntó: «Si yo te toco una nota, ¿sabes cuál es?». «¿Y si te toco otra?», le dije. Entonces, tocó y le contesté: «Es un mi». Y me miro como si yo fuera la peor basura.

¿Y cuánto duró esta primera experiencia terapéutica?
Un tiempo. Como no sabés de que se trata, y fue mi primera vez, y un terapeuta es como otros, pero hay que tener algún punto de resonancia, porque si no, no funciona. Llegué a la situación del duelo y fui a ver a otra persona. En ese entonces yo no tenía trabajo ni posibilidades. Empezamos con un cara a cara, y me ayudó muchísimo en ese contrato que era de tres meses. Terminado ese tiempo, no podía seguir en ese centro de salud, y seguí en tratamiento particular. Cambió completamente. Ahí pasamos de cara a cara al diván. Me costaba mucho empezar a abrir la boca para decir algo; entonces, me quedaba sesiones de cuarenta y cinco minutos en silencio… En un momento, le cuento un sueño, y no terminé de contarle el sueño que esta mujer me dice: «¿Usted sabe que yo estoy embarazada?». Yo salgo de mi situación, me doy vuelta, le estiro la mano y le digo: «Te felicito». No volví nunca más. No pude recuperarme de la situación donde alguien que está en ese lugar se coloca como persona. Fue fuerte. El sueño que le conté era que estaba en un lugar, en ese momento, con la que era mi pareja, y otra persona, quien tenía un lugar donde yo iba a tocar, un tipo especial… Y él, en medio de esta situación, deja de ser esta persona y se convierte en un lagarto. Luego de contar este sueño, no sé, tirame una soga. En la otra situación, cara a cara, ella de alguna manera propiciaba la charla, le sugerí sutilmente. Es que yo no estaba preparado para el diván, no tenía información de cómo se manejan esas cosas. Uno va transitando la vida y va aprendiendo cosas. Yo salí de ahí diciendo: «que cosa tan rara» pero no volví más. No hubo manera de recomenzar, ¿desde dónde? Te convertís en una persona cuando no tenés que serlo.

¡Se convirtió en lagarto!
(Risas). Tuvo sus transmutaciones, su metamorfosis… Esa fue mi segunda experiencia, y luego vino la tercera, siempre buscando alternativas que tengan que ver con mi situación económica. Tenía varios problemas, y uno de esos era ese, la muerte de mi compañero, con el cual atravesamos un montón de cosas sumado a los problemas económicos; era todo un combo. En ese momento, sentí que todo terminó. En un momento, mi vida cambió completamente y empecé a ver otras realidades. Igual, estas experiencias me ayudaron, ya que lo más importante es lograr ubicar las ansiedades en un punto tolerable, y la angustia en algún buen lugar… Poder discernir entre la alegría y le euforia, como cosas que uno a veces cree que son lo mismo.

¿Y qué pensás de la transformación en lagarto de tu sueño?
Eso del lagarto fue muy fuerte, porque este hombre había tenido un pasado muy oscuro, quizá lo del lagarto tenía que ver con su profesión anterior, fue militar y estuvo en los setenta… Era un tipo pesado, quién sabe. Lo que vi, quizá, fue su alma de lagarto pertrechado.

Y vos convertís toda tu angustia en arte, en música.
Para mí, la música fue siempre la transmutación, en donde puedo convertir todas esas tristezas y alegrías en poesía de alguna manera. Es mi compañera del alma de toda la vida. Es lo más preciado que conservo desde mi niñez, hasta el día de hoy. Desde los nueve años, siempre fui tímido, muy silencioso y muy reservado con mis cosas. Pero estaba en la casa de unos primos de Temperley, y a una cuadra había una sociedad de fomento que realizaba un concurso de canto. Yo fui y me anoté, canté y me gané un premio.

Ya eras audaz a esa edad. Porque siendo tímido…
Fue como lanzarse al fuego. Con los años aprendí a ubicar la angustia, y encontrarme a mí, pude tener más confianza en la persona que soy, eso te ayuda a bajar todos esos niveles de angustia. A partir de eso, no me quedé en la copita que me dieron como ganador de concurso,  me acuerdo como si fuera hoy : llegué a mi casa, me acosté en la cama y cuando apoyé la cabeza en la almohada, dije: «Bueno, ahora tenés que aprender a tocar la guitarra». Sentí que ya eso de cantar lo podía hacer, ya de eso estaba seguro. No me quedé en el trofeo, y eso, por suerte, me acompaña hasta el día de hoy. No creo en los premios, lo más importante es concretar alguna idea, algún sueño. A esa edad la cuestión del aprendizaje era lo que había que hacer. Todo esto es muy complejo, porque la educación es como la medicina, es algo muy personal, yo no creo en la medicina alopática, justamente, porque es impersonal, porque estudia a los muertos y después atienden a los seres vivos. Se me arma una cosa conceptual. Con la educación me pasa lo mismo, yo no creo que donde haya veinte personas, las veinte sean iguales, creo todo lo contrario, que son veinte seres distintos, y sus huellas digitales así lo determinan, por graficarlo de alguna manera ¡Imaginate el resto! Esto fue una pulsión interna, fue algo que tenía que ver con la convicción de haber escuchado por mí mismo y dentro de mis pensamientos dónde estaba mi camino.

Supiste desde muy pequeño cuál era tu camino y que eras distinto… porque hablás de pulsiones que necesitan salir.
Sí, lo sufrí, porque en casa mi hermano, siete años mayor, era un astro para mí y para todos. Él era y es un tipo hipertalentoso, dotado para un montón de cosas que tienen que ver con la música: zapateaba, cantaba, tocaba la guitarra. Yo era el más chico que cantaba, porque me habrán escuchado en algún momento, y entonces, en las fiestas familiares venia mucha gente a casa, y decían: «Ricardito también canta». Y yo decía: «No, no, no canto». Me daba vergüenza. La frase era una especie de tortura para mí. Imaginate cómo lo vivía a los cuatro años, cuando no tenés manera de defenderte del mundo, era: «Dale, no te hagas rogar». Lapidario. Yo repetía que me daba vergüenza, y terminaba haciéndolo desde un lugar horrible, porque no era un deseo propio. Era cumplir el deseo de otro. Yo sé que para cualquier persona, menos para mí, era algo sin ninguna maldad. Las palabras «no te hagas rogar» ya son fuertes porque es un ruego. Estamos informados y educados de esa manera. Y esto es muy difícil porque son cosas que voy elaborando constantemente. Hay situaciones a las que pude ponerles palabras. Hace muy poquito me pasó algo… Yo nací en Pergamino y a los cuatro años se incendió la fábrica de zapatos de mi viejo, que tenía en esa casa donde vivíamos y nos tuvimos que ir. Fue muy fuerte por el registro que yo tengo, te puedo hacer casi un relato de esto, desde que me levantan de la cama y me sacan, porque mi casa estaba al lado de la fábrica. Cuando mi madre me saca a upa, miro hacia el lugar donde mi viejo trabajaba y veo las llamas y veo el sillón del patio apoyado sobre la puerta para que el fuego no avance. Después, nos sacan de la casa y cruzamos. Enfrente de casa había una plaza, nos meten en un auto. Yo miro desde la ventana del auto y veo la lengua de fuego por arriba del techo. Imaginate que una fábrica de zapatos tiene todo inflamable, me acuerdo que decían: «Y bueno, ahora nos mudaremos a una casa más linda». Y a mí me costó mucho conectarme con el colegio, porque mi cabeza estaba llena de preguntas de por qué pasó todo eso, y no tenía tiempo de prestarle atención a otras cosas. Fue una situación traumática, y podría haber ocurrido una desgracia mayor. Pero ya con eso que pasó tuve para trabajar toda mi vida, y el cambio casi hasta de idioma, porque yo vivía en Pergamino y se hablaba de una manera, y cuando estuvimos en Buenos Aires, era otro mundo. Porque cuando uno es chico las palabras son pocas, pero las sensaciones son muchas, entonces, la manera de construir es también volver a esas sensaciones para poder ponerles palabras. Fue un trabajo que hice en esa búsqueda de los recuerdos, sentarse en el zaguán de la plaza, el olor, el colectivo que pasaba. Es un trabajo muy interesante, es como esto (gesto con las manos mostrando el estudio), es una introspección.

Sos vos, ese chico de cuatro años, él que quizá te hizo llegar a donde llegaste.
Sí, totalmente. Hay un punto de resguardo de la parte lúdica, que creo que ninguna persona debería perder, que lo pude armar. Y lo cuido. Es que lo que se ve es tan poco en relación, digamos, al camino. Creo que lo más interesante de la vida es recorrer esos trayectos. Hace poco tuve la posibilidad de volver a la casa que se incendió, hace unos meses. Salimos mucho de viaje y a veces me toca pasar por Pergamino. Siempre paso por la casa y la veo. En un viaje anterior paré en la esquina donde había un bar y estaba un chiquito de mi edad. Fui al bar para juntar el rompecabezas y tener el fotograma completo. Y lo encontré a este chico, y le dije: «Che, ¿vos sos Querede?». «Sí», me dice, «pero no te conozco». Yo le dije que jugábamos juntos enfrente, y le digo: «¿Te acordás de que hubo un incendio». «Sí, pero de vos no me acuerdo». «Bueno, no importa, yo sí». Toda esa cosa en lápiz pasa a ser una fotografía. Diferenciar la fantasía de la realidad y poder ver que todos esos pensamientos que conservo de chico son reales está buenísimo. Él se quedó como yo me quedé cuando vos entraste hoy y me esperaba una pregunta, y me encontré con otra. Cada vez que fui a esta casa estaba cerrada, hasta que un día en este último viaje pasamos por la plaza temprano, a las seis de la tarde y estaba la puerta abierta. Vi la otra puerta, había perdido ese registro, la que vi a upa de mi madre en el incendio. Toco timbre y no atiende nadie y me asomo por el vidrio y veo mi patio. Todo lo demás era como una destrucción, la casa está deteriorada y se había convertido en un taller. Pero, estructuralmente, podía reconocer donde estaban los espacios dónde yo me movía. Empecé a golpear y vino una mujer a abrirme, y le digo: «Disculpame, yo nací en esta casa, te pido por favor si me dejás entrar». Se quedó idiota, pero lo dije de una manera tan convincente que me dejó pasar.

¿Te fuiste a buscar a esa casa o creés que fuiste a buscar algo más?
Sí, fui a buscar a ese nene, a ese chico que tengo, de alguna manera, dentro de mí y no lo quiero perder. No lo quise perder nunca. No fue mi intención, y ese fue también el punto traumático. La realidad no la fabriqué yo, entonces, tuve que reconstruir eso que se perdió. Pensá que se perdió todo. Mi viejo que había llegado a tener su empresa y terminó trabajando de empleado en una fábrica de zapatos en Buenos Aires. Me golpeó desde el lugar de la realidad, no desde el discurso paterno. Yo vi a mi viejo desde el lado del laburante, un tipo honesto. Y todo lo que me dijo no me importa. Mi padre tenía muchos quilombos, porque mi hermano fue criado como un artista, y cuando cumplió la mayoría de edad lo querían hacer laburar (risas).

¿A vos no te criaron como un artista?
No, a mí me criaron como un laburante, porque ya había un artista en la casa. Entonces, me dijo: «Para eso está tu hermano, vos laburá».

Había que superar eso que te dijo tu padre.
Había que tener una fortaleza interior para resistir. También tuve una buena experiencia terapéutica, que me ayudó mucho, y recurrí a esta persona en distintos momentos de mi vida. Imaginate que la entrevista empezó así: “Yo salgo en este diario que vos tenés acá, y lo que yo te voy a contar no puede salir de acá adentro” (risas). ¡Paranoia! «Estoy para escucharte», me dijo, y lo dijo bien, con tranquilidad. Me ayudó con las emociones que tenía. Fue en el año ’92. Muchas veces, me quedo escuchando lo que yo digo (risas). Con el correr de los años voy apuntando más a la emocionalidad, a la música. Cuanto más corras el velo y se vea más tu corazón, es ahí donde está lo que uno le puede aportar al otro, que es muy poco, es ese momento de emoción. Me parece poco porque siempre creés que es poco (risas). Trato de ser sincero y trabajar a corazón abierto.

Y esa es tu singularidad, en este recorrido que hiciste de transformación de lo sufrido y de poder quedarte con lo esencial de ese niño. ¿Por qué consultarías a un psicólogo ahora?
Hoy ya solo haría un recorrido de las cosas que pude ubicar, y entender qué es la felicidad, qué es la tristeza, qué son todos esos componentes que nos van a acompañar toda la vida. Uno cree que hay que ser feliz, y no, no hay que ser feliz.

Es interesante hacer arte de lo que no te hace feliz y defender siempre a ese chico que sos.
Creo que el día que ese chico no esté en mí, nos fuimos de este mundo.
Dejamos acá.

 

Del otro lado del Diván

A partir del trabajo de reconstrucción en las huellas de la memoria, Ricardo logra convertir las situaciones traumáticas de su vida en arte. Puede lanzarse «al fuego» en esa búsqueda de sí mismo, pero solicita la mirada de un otro que lo sostenga y lo reconozca en su singularidad. Desde allí, puede internarse en las profundidades del ser en comunión con lo que le refleja el alma del otro para reencontrarse con quién es y con quién siempre fue. Su música y el intercambio con otro lo retroalimentan para poder relanzarse hacia el futuro.