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El Gran Otro | Viernes 22 de Setiembre de 2017

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Satyagraha de Philip Glass en el Met

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Por Osvaldo Andreoli

 

El aclamado Philip Glass, ¿músico oficial del establishment bienpensante? Del análisis de la reveladora puesta en escena de la ópera Satyagraha a las resonancias de la revolucion tecnologica vía satélite, en vivo y en directo; del budismo Zen y la contracultura al sentido práctico americano.

Asistimos a una función reveladora, más allá de las disputas y debates por el sonido en la sala del teatro El Nacional, donde se vieron involucrados espectadores, abonados, habitués, técnicos y la propia Fundación Beethoven. Las malas lenguas aducen que las quejas son promovidas por la competencia. Espectáculo aparte, la ópera filmada, aun en vivo y en directo, se diferencia de la original en su recinto acústico.

Satyagraha es una ópera en tres actos estrenada en 1980. Junto con Einstein en la playa y Akhenaton forma parte de una tríada dedicada a hombres que cambiaron el mundo. No es una biografia de Gandhi, sino la exposición de un concepto. La «insistencia en la verdad» origina un sistema de vida y acción contra la injusticia y la discriminación; la resistencia pacífica desemboca en la desobediencia civil. Glass decidió usar como tema la lucha en Sudáfrica, un antecedente de la independencia de la India.

Philip Glass en pantalla

El compositor explicó desde el backstage del Met (para una audiencia de 1600 salas en 51 países) que cada acto nombra a un representante del pasado, el presente y el futuro de Gandhi. Comienza con Tolstoi, sigue con Tagore y culmina con Luther King, quien lideró el movimiento por los derechos civiles. Los textos en sánscrito provienen del Bhagavad Gita; de allí que la ópera no tiene diálogos, sino que los personajes repiten las palabras a la manera de un mantra o salmodia. No hay subtítulos, sino que el texto se exhibe al principio de cada escena.

Como de costumbre, el protagonista del espectáculo es el Met. En los momentos previos a la función se veía, detrás del presentador de marras, a una actriz que se entrenaba corporalmente en el piso del escenario, como un anticipo del grupo Improbable Theatre, de gran despliegue junto a la Opera Nacional de Inglaterra en esta producción de Phelim McDermott.

El tenor Richard Croft tuvo un protagonismo resaltado en los primeros planos de las imágenes de alta definición. Con una máscara hierática, concentrado en actitudes y posturas, por momentos, sus mínimos rasgos gestuales recordaron al Dirk Bogarde de Muerte en Venecia. Subió al podio a un director argentino, Dante Anzolini.

La orquesta de Glass está formada por órganos e instrumentos de cuerda y de viento. Las voces operísticas tradicionales y el coro tienen un rol importante. La voz y la orquesta están entrelazadas en texturas orquestales grandiosas y radiantes. Arias, dúos, tríos, cuartetos, un sexteto y grandes partes corales combinan un lenguaje de la lírica tradicional con el minimalismo. El triunfante Anzolini declaró haber aplicado ideas del fraseo que provienen de la ópera italiana.

Sin embargo, el carácter esencial de la poética musical minimalista de Philip Glass, que él prefiere llamar «música con estructuras repetitivas», tiende a negar el principio de variación que rige la tradición clásica y romántica europea. Vocalmente servida por una suerte de salmodia, prolongada y reiterada, es un tipo de canto hindú cuyas vibraciones provocan un estado de letargo o sosiego hipnótico, un estado de trance, a veces de exaltación, típico de la plegaria, o de un mantra. Se exige sincronización para repetir la misma frase decenas de veces en una lengua muerta. El sector masculino del coro que pasa veinte minutos repitiendo un obstinado ah-ah-ah-ah en un mismo tono representa a los europeos enfurecidos que persiguen a Gandhi (y quizás a los detractores «occidentales» del propio compositor, o a ciertos porteños que prefirieron exiliarse hacia un café, después del primer acto en el Teatro El Nacional).

Esa estética o poética musical responde a una ética o creencia del compositor que afronta los riesgos de la monotonía, de estructuras armónicas con recurrentes registros y tonalidades, transportes y secos finales, donde a un silencio sucede una irrupción. Los órganos sabrayan ese carácter litúrgico-musical.

Recreo teatral, muñecos gigantes y cabezudos

El metal corrugado y el papel de periódico son la clave de una escenografía donde se juega creativamente con ganchos de ropa, cinta adhesiva, sillas o lámparas de mano, y el impacto de los enormes muñecos de papel maché. El metal de chapas o persianas se colorea con las luminarias. Ese diseño escenográfico, cerrado en semicírculo, tiene aperturas que permiten entradas y salidas. Arriba, una ventana enmarca, en cada acto, a Tolstoi, Tagore y Luther King. Los actores también manipulan a los puppets, muñecos gigantes que simbolizan al Principe Arjuna y al Dios Krishna.

En el campo de batalla mítico del primer acto, un grupo detrás de Gandhi despliega diarios sobre los que se proyectan las palabras Arjuna y Krishna. Los muñecos gigantes se enfrentan, servidos por zancudos. La batalla ocurre detrás de los cantantes que parecen relatar acontecimientos hacia el público. La escena se desdobla en dos planos, con un distanciamiento “épico”.

Todos se descalzan y colocan sus zapatos en hilera en la boca del escenario. En la escena siguiente, bajan perchas colgantes donde Gandhi y sus acólitos cuelgan sus sacos como un despojamiento que preanuncia un cambio interior.

En la Granja Tolstoi, las familias viven en «cooperativa» y se involucran en el principio del Satyagraha, «una lucha en pro de la verdad» para la autopurificación y autodependencia. La acción desinteresada afirma la vida interior. En la escena siguiente, los muñecos cabezones rodean y hostigan a Gandhi (parecen los grotescos personajes que caricaturizó Grosz durante la República de Weimar).

Espacio imaginario, proyección del mensaje y metáfora escénica

En el último acto, el semicírculo de metal corrugado se abre a foro sobre un fondo de cielo azul. En lo alto se levanta una tarima donde sube Luther King (que bien podría ser confundido con Obama). De espaldas, recortado contra el cielo, arenga a una supuesta multitud (o al mundo) en el espacio imaginario ampliado hacia atrás. Gesticula con movimientos ralentados, acordes con los largos compases reiterativos. Las cámaras robóticas no pierden detalle y destacan por momentos el dedo elocuente del orador. La imagen final reúne esa gesticulación con la letanía del canto de Gandhi, que permanece en la base de la tarima y de frente al público. En un contrapunto audiovisual y operístico, el teatro cantado equipara el mensaje de los personajes, pero hay otra metáfora sugerente: para disuadir a los seguidores de Gandhi, se descuelgan desde los «balcones» policías antidisturbios actuales, lo que asemeja aquella marcha de Newcastle en 1913 con los indignados de hoy en Wall Street.

Espacios sonoros meditativos

Junto a un público que recibió la ópera con beneplácito, hubo espectadores exasperados o agobiados por la tarde calurosa de Buenos Aires. Algunos se retiraron durante la función o en los intervalos. No estaban predispuestos para la escucha de la poética y la estética de Glass, una música meditativa que sumerge en un mundo singular, con enfoques de otra cultura ligada al orientalismo y al budismo Zen que abrazó Glass en la época de la trilogía. Se da una mixtura con la tradición musical de Occidente —según el orgánico—, que Anzolini supo combinar, con el margen permisivo del propio compositor.

Otros espectadores, sosegados y meditabundos parecieron sumergirse en los efluvios sonoros de onda larga, en las vibraciones alfa, sobre todo en la letanía del acto final. Los aplausos en el Teatro El Nacional hicieron eco a los del público del Met, que ovacionó a Philip Glass.

Retiradas y batallas

Al salir del teatro, mezclado entre los espectadores y mis cavilaciones, un asiduo concurrente musitó a mi oído: «Convengamos que lo de Glass es aceptable, pero esa serie de acordes arpegiados, consonantes y repetitivos que caracterizan su estilo, suele resultar excesivo». El suspicaz musicólogo opinó: «Claro que sí, en el tercer acto Luther King podía ser confundido con Obama como sucesor de Gandhi. Tenga en cuenta que Obama está volviendo a ser el político que sedujo a los norteamericanos, más preocupado por la crisis económica que por ganar la guerra». «A nosotros nos competen otros presupuestos que permiten estas transmisiones vía satélite en HD», interrumpió otro asiduo concurrente, «el respaldo de Toll Brothers, y sobre todo Bloomberg, el sponsor corporativo global de The Met Live in HD, pero sin olvidar la generosidad de la Fundación Familia Neubauer, sponsor fundador».

Mientras tanto, en Nueva York, la ópera tuvo una inesperada derivación. En la calle se manifestaban los «indignados» y Philip Glass se unió a ellos, prolongando sus mantras. Las líneas finales de Satyagraha fueron repetidas varias veces por la concurrencia. Lou Reed y Laurie Anderson estaban presentes en la demostración de Occupy Wall Street frente al Lincoln Center. La protesta estaba dirigida no contra la ópera en sí, sino contra la disparidad entre su mensaje moral y la maquinaria financiera de las corporaciones del arte. El compositor cruzó una barricada instalada a lo largo de la acera. ¿Se ha convertido Glass en el músico oficial del establishment bienpensante? El budismo Zen y la contracultura de otras décadas parecen estar impregnadas del «sentido práctico americano» que mentaba Federico Engels.