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El Gran Otro | Jueves 17 de Agosto de 2017

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Serge Gainsbourg, el agitador de la chanson francesa

<!--:es-->Serge Gainsbourg, el agitador de la chanson francesa<!--:-->

Por: Oriane Fléchaire

 

No alcanza un solo ojo para contemplar la obra extensa de Gainsbourg, recordado por su libertad de tono, su espíritu contestatario y su toque sofisticado à la française.

 

Je t’aime, murmura Jane. Moi non plus, le responde Serge. Música lasciva. Entre gemidos y suspiros entrecortados, Serge Gainsbourg y Jane Birkin graban su amor en los surcos de un 45 revoluciones. La Santa Sede agita un dedo de reprobación. La canción es prohibida en las emisoras de varios países europeos. A pesar de la censura, el dúo erótico traspasa las fronteras del hexágono francés. Es un hit. Estamos en 1969.

Je t’aime… moi non plus, tal como la conocen, es la segunda versión de una canción que Serge tenía destinada a la iconoclasta —y su amante de entonces— Brigitte Bardot. La bella se bajó del proyecto después de un primer y único estreno en la radio. Miedo al escándalo. Luego de un año, la composición de Serge encontró un nuevo soplo con el hilo de voz de la actriz británica.

Sin dudas, el descaro de Je t’aime… Moi non plus le otorgó un cierto renombre internacional, pero no son tantos fuera de Francia los que conocen al hombre complejo, al artista multifacético que fue Gainsbourg y la amplitud de su obra. Su creatividad desatada abrazó la pintura, el cine, la literatura, además de cientos de canciones. Ya se cumplieron 20 años de su partida y Serge, poeta, provocador, enamorado insaciable, sigue vivo en la cultura francesa y es una influencia notable en el mundo musical.

 

Un día de otoño, me acerqué al Hôtel Particulier de Gainsbourg, un poco por afición y otro tanto por curiosidad —5 bis rue de Verneuil, en París, a dos cuadras del Sena—. Había turistas descifrando grafitis-homenaje en la fachada como en una especie de libro de oro a cielo abierto. Años atrás, en un operativo nocturno, algunos vecinos los habían tapado «con un amarillo asqueroso», contó Charlotte, su hija con Jane. «Apenas una semana después estaba de nuevo la fachada grafiteada».

 

Ahí murió Serge. La noche que tanto le gustaba se lo llevó un sábado, 2 de marzo de 1991. Después de varias alertas, su corazón dejo de marcar el compás, agotado por una vida de excesos. Diez años antes,  en una verdadera falsa entrevista post-mortem al periódico francés Libération, Gainsbourg dijo desde la tumba: «Es el corazón que me plantó». «¿Cuándo sucedió?», le preguntó el periodista; «Estamos en… noventa». ¿Profecía o coincidencia?

 

A los cinco días de su muerte, entró al cementerio de Montparnasse a descansar junto con sus padres. No muy lejos está Baudelaire. «Su amor por el lenguaje y su genio musical elevaron la canción al rango de arte», fueron las palabras del ex presidente de la República François Mitterranden un telegrama dirigido a Caroline von Paulus, Bambou, la última pareja de Serge y madre de su hijo Lulu.

 

Gainsbourg no se salvó del mito bastante difundido del artista torturado. Su genio era solo comparable a su carácter autodestructivo que le valió el apodo de «poeta maldito». Cuando yo nací, a principios de los 80, se había convertido en un ineludible de la pequeña pantalla, junto con su doble, una especie de Mister Hyde llamado Gainsbarre. El primero peleaba las horas de gran audiencia con el segundo, un noctambulo insolente que lanzó una vez «I want to fuck her» a una Whitney Houston aterrada o inclusive desafió al fisco quemando un billete de 500 francos en directo.

 

Este suicidio mediático llegó de la mano de su propia decadencia física, que fue precipitando a golpes de bourbon con ginger ale —su bebida preferida— y cigarrillos Gitanes. Desde un primer momento, su repertorio se abasteció de referencias al alcohol, a las drogas, a la muerte y al suicidio, como en su álbum Percussions (1964). Gainsbourg, el dedo en el gatillo, canta en Cuando mi 6.35 me mira con cariño: «Es un vértigo que tengo a menudo / Para terminar / Pum! Pum! / Me parece bastante / Tentador».

 

Otra fuente de inspiración inagotable fueron las mujeres. Pigmalión o amante, la línea es borrosa entre las intérpretes de sus canciones y las protagonistas de sus afectos. «Si yo fuera más guapo, me hubiera muerto de agotamiento», se reía Gainsbourg, cuya vida fue sellada por Bardot, Birkin y Bambou, «la trilogía mágica de las tres B». Además estaba Charlotte, su hija. Tenía 12 años en 1983, cuando interpretaron a dúo Lemon incest —juego de palabras entre «cesto de limón» e «incesto»—. Considerada obscena por algunos, es en realidad una declaración de amor platónico de un padre a su criatura, «el amor que nunca haremos juntos».

 

Con su habilidad insolente para manejar la palabra, sus rimas audaces y versos concupiscentes, Serge conjugó la mejor música, casi todas las músicas. En una exposición que le dedicó la mediateca de la Cité de la Musique en Paris, le decían «musicófago» (fago: que come, traga). Como un catalizador de las épocas que fue atravesando, Serge «tomó prestado, citó, desvió, mescló, remezcló, sampleó, para no parar de crear».

 

Jazz, desde su debut en los piano-bar en los años 50. Vals, a tres tiempos. Grabó el primer disco de World Music en francés en 1964, con bossa nova. Ye-ye, su canción Poupée de cire, Poupée de son, galardonada en el Eurovisión del 65. Anticipó el rap, el hip-hop y el slam desde 1968 con su famoso Requiem pour un con. Rock’n roll. Reggae, en la segunda mitad de los 70. Hip-hop y funk, en los 80, con sus dos últimos álbumes grabados en Nueva York. También su obra esta marcada por la música clásica, Brahms y Chopin entre otros, sin olvidar la literatura.

 

En 1979 Gainsbourg inyectó en la escena musical tricolor una escandalosa Marsellesa-reggae made in Jamaica. La canción titulada Aux armes et cætera levantó la ira de militares conservadores y llevó a otros al límite tenue entre patriotismo y antisemitismo. Corte de manga a la conveniencia, la canción fue disco de oro, su primero.

 

El escándalo es una condición sine qua non de la obra de Gainsbourg: «Es más fuerte que yo. Si no provoco, no tengo mas nada que decir». Por eso, no sorprende que el álbum Rock around the bunker (1975), valorado por algunos como un punto de inflexión en su carrera, sea también el más audaz. Corrosivo e irresistiblemente cínico, Serge recuerda el nazismo de su infancia. Este hijo de inmigrantes rusos, refugiados de la revolución bolchevique, había tenido que llevar cosida la estrella amarilla en la Francia ocupada, «una estrella de sheriff», como la llamaba.

 

Rock around the bunker no tuvo gran éxito comercial, y con los años, se quedó en la sombra de los dos monumentos que son Histoire de Melody Nelson (1971), el «primer verdadero poema sinfónico de la era pop» según la critica, y L’homme à tête de chou (1976), disco de culto y, tal vez, el más logrado de su repertorio. Los tres forman parte de una serie de concept-albums —álbum unificado por una historia— que fue otra marca de fábrica de Serge, innovadora, singular y muy apreciada.

 

Si bien Gainsbourg cosechó en vida los aplausos del gran público y el reconocimiento de sus pares, es poco probable que haya supuesto el impacto que tendría su obra sobre las generaciones siguientes. Sus canciones siguen siendo cantadas, recuperadas, homenajeadas y estudiadas —yo aprendí la letra de Elisa en la escuela—.

 

En su última entrevista filmada en 1990, Gainsbourg dijo: «Cuando uno lo tiene todo, no tiene nada. Lo tengo todo, entonces no tengo nada».

 

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