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El Gran Otro | Mircoles 18 de Octubre de 2017

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Te mando los muchachos

<!--:es-->Te mando los muchachos<!--:-->

Por Roberto A

 

Cuando invité a un amigo a ver el reestreno de El Padrino, le estaba haciendo «una oferta que no podía rechazar». Esa película, estrenada en 1972, que vi no sé cuántas veces en televisión y DVD, debía ser vista nuevamente en la pantalla de un cine. Otra vez, salí conmovido…

 

Normalmente aviso que mis comentarios revelarán algunos detalles de la película; en este caso, creo que la humanidad está dividida en tres fracciones: los que vimos la película; los que no la vieron ni desean verla tampoco ahora; y los menores de 30 años, que son muy niños para entenderla o para quedarse quietos y sentados 3 horas (¡no me peguen, estoy tomándoles el pelo!); así que cualquier cosa que yo revele no arruinará la experiencia de nadie.
Se ha escrito y discutido tanto sobre este film tan bueno y la saga que lo continuó; muchos dicen que es la mejor película norteamericana de la historia, otros que es un clásico shakesperiano, una tragedia griega… Ni siquiera puedo asegurar que sea la mejor que he visto; ¿qué puedo aportar yo?

Como se ha hablado tanto, me puse a investigar qué han dicho los críticos profesionales a lo largo de estos casi cuarenta años (he aprendido hace tiempo que si se copia a uno, es plagio; si a muchos, es «ingeniería inversa»). Después de leer casi cien críticas que se repiten entre si, encontré temas de los que no se ha hablado casi nada: ¿Quién era este personaje, Don Vito Corleone? ¿De dónde venía? No me refiero al aspecto geográfico, sino a su origen histórico, cultural y familiar: Sicilia.

Sabemos que es una isla enorme en la punta de la bota italiana. Algunos no sabíamos que fue sucesivamente invadida por incontables pueblos. Los fenicios dominaron a los pueblos originarios, luego fueron colonizados por los griegos. Por tres siglos fueron gobernados por los cartagineses, hasta que en las Guerras Púnicas fueron anexados por los romanos. A la caída del imperio fueron invadidos por los vándalos y otros pueblos del norte. En el siglo XI fueron ocupados por los normandos, hasta que los Hohenstaufen adquirieron la isla por derecho dinástico. La retuvieron hasta que los franceses la conquistaron. Entre los siglos XIII y XVIII quedó en manos del reino español de Aragón, hasta que pasó a manos de una rama de los Borbones. En 1860 los rebeldes comandados por Giuseppe Garibaldi (el mismo que aun cabalga, dominando nuestra Plaza Italia) expulsaron a los Borbones. A partir de eso, pasó a ser parte del Reino de Italia. Ocupada por los nazis, fue elegida para la invasión de Europa por los Aliados en 1943. Hoy es una de las regiones de Italia.

La mafia siciliana, a diferencia de lo que yo creía, no es una institución medieval. Surgió en el siglo XIX a partir de la anexión a Italia, que provocó el florecimiento de la industrialización y el comercio. La Cosa Nostra apareció en la zona más rica, cercana a Palermo, es decir, como un fenómeno de parasitismo de la riqueza, ya que las zonas rurales más atrasadas no padecieron su acción. Allí la zona de cultivo de cítricos se desarrolló con características combinadas de alta rentabilidad y vulnerabilidad. Rentabilidad, porque a finales del siglo XIX los limones, las bergamotas y las naranjas  eran un negocio brillante (de enorme demanda en la época victoriana) y vulnerabilidad, porque los frutales eran fácil presa del vandalismo o la manipulación dolosa del riego. Ahí surgió el negocio de la «protección». La novela El Padrino comienza en la época de la fundación de la rama norteamericana de la Cosa Nostra, para aprovecharse de los inmigrantes en Estados Unidos.

Vito Corleone sufrió un trauma que lo atraviesa: siendo un niño, perdió a toda su familia en Sicilia, masacrada por un capo local. Toda su vida será dedicada a la construcción de una nueva familia, a su vez protegida por una Familia (sinónimo de una pirámide de poder) extendida. Para Don Vito, las dos son la misma, y cuanto más grande, mejor.
Para él no existe el dilema «ser amado o ser temido»: ¿cuál es la diferencia? La seguridad de su familia está basada en que si no te aman, te deberán temer. Su «ilusión de control» es la idea de que cuanto más poder tienes, más segura estará tu familia.
De vida austera, los favores que concede y que solicita son irrecusables. De la misma forma que él nunca deja de cumplir un favor que le piden, jamás permite que alguien se niegue ante un favor que él reclama. Cuando esto sucede, su recurso de negociación es  «hacer una oferta que no puedas rechazar».

Mirémoslo desde la óptica de un niño, hijo de alguna víctima (en el film, las víctimas no están): …es el padrino que todos mis amigos quieren tener; el que si le pedis la bicicleta para la comunión, tendrás tu bicicleta… y si los chicos de la escuela abusan de vos, él será «el hermano de bigotes».  El padrino le prestó la plata a papá cuando alguien entró una noche y le prendió fuego la verdulería; a mi tio, el que perdió un montón jugando a las carreras y encima después lo asaltaron y le quebraron una pierna, él también le prestó plata —mi tío se la está devolviendo en muchas cuotas—; él le dio empleo en uno de sus locales a mi hermana mayor, la que dejó la secundaria porque siempre estaba nerviosa y necesitaba unas pastillas, y no conseguía empleo para comprarlas… ¡Qué bueno, el padrino!…
Ahí esta su paradojal atractivo: es a la vez un hombre cruel y compasivo, un criminal sin escrúpulos y un querible abuelo.

Esta historia está salpicada de aparentes contradicciones y contrapuntos simbólicos; es justamente parte de su carácter mítico. Para esa gente hay una virtud central: la lealtad. En esa escala de valores cabe un solo pecado, la deslealtad; y allí todos los pecados son mortales.
Mucho se ha comentado sobre el relegado papel que tienen las mujeres en la película. Según la tradición siciliana, de influencias africanas y de Oriente Medio, la mujer solo está para ser sumisa, gozar de la poca o mucha fortuna de su marido, criar hijos, atender a la familia —y nunca acercarse al negocio familiar—, por supuesto, ellas están felices en ese rol, que ni se les ocurre denunciar. Dos ejemplos son Connie, la hija menor de Don Vito, y Carmella, su mujer. La primera, típica mujer golpeada, siempre defiende a su ruin marido, aun ante sus infinitos abusos. La segunda es invisible: la única frase que dice en toda la película es «no interfieras», para avalar a su yerno golpeador.

A Sonny, el hijo mayor y heredero de los negocios, el rol de Padrino le queda grande. Es un atolondrado de mente febril, que dispara primero y pregunta después. Obedece los mandamientos mayores de la ley siciliana: «protegerás la familia», «vendetta es justicia». Su falta de respeto por otros mandamientos menores de la tradición serán su perdición: «Cuando los mayores hablan, los chicos se callan», «No interfieras en la pareja de tu prójimo» (aunque sea la de tu hermanita), «Los hombres deben ser cuidadosos. Sólo las mujeres y los niños pueden darse el lujo de no serlo». Sus enemigos no perdonarán esas debilidades y las usarán para su destrucción.

Michael, el hijo menor, se crió en esta cultura. Sin embargo, el mandato paterno ha sido alejarse de estos negocios para ser Mike, un civil (palabra que contrasta con soldado, que es el escalafón más bajo de la Familia). Para ser un civil apartado de la Mafia, elige ser un soldado del país y vuelve de la guerra como héroe. Llega a la multitudinaria fiesta de casamiento de su hermanita de la mano de una novia WASP (blanca, anglosajona, protestante, según las siglas en inglés), exactamente lo que el mandato paterno prescribía para él: ella sería su plataforma de lanzamiento hacia una carrera política brillante que alzaría a la familia Corleone por sobre los negocios turbios y le permitiría alcanzar la legalidad que el viejo Vito siempre deseó para sí y los suyos.
La revelación que transforma a Mike en Michael se produce en el hospital, junto a la cama de su padre, escena cumbre en la cinematografía de la dinámica padre-hijo. Algunos dicen que cuando Al Pacino toma la mano de Marlon Brando, tirado en la camilla, y le susurra «ahora estoy contigo, papá», las lágrimas de Brando son auténticas. Las mías lo fueron. Allí todo queda claro para nosotros: Michael se ha estado engañando; su destino está en la Familia, con F mayúscula.
Michael asumirá la dirección de los negocios familiares, pero no ha captado la motivación profunda de su padre. La diferencia: Don Vito construyó una Familia para proteger a su familia; lo que Don Michael finalmente logrará es una Familia que destruirá la suya… o quizá los tiempos han cambiado, y la familia patriarcal se extingue…
Michael reconocerá demasiado tarde que la novia que su padre aceptó para él (mientras fuese el centro de un proyecto civil) sería infeliz en esa familia, en la vida de Padrino a la que él fue empujado, vida que abrazó sin mirar atrás.

Durante toda la historia, la pregunta queda flotando es: ¿Kay es, o se hace? Desde el momento en que Kay aceptó casarse con el sucesor del Padrino, se convierte en cómplice silenciosa de la mafia; aunque para enmendar su culpa, necesita que su marido le confirme que no mató a su cuñado.  Lo terrible de la escena de cierre de la película no es que Michael le mienta descaradamente a Kay, mirándola a los ojos: es que ella no ha nacido bajo la tradición siciliana, sino en la anglo. En su sociedad el dinero es un arma del poder, mas no la pólvora.

Para los otros personajes de la historia, la familia continúa en la Familia. Para ella, lo que sucede dentro de la Familia le está vedado. Su elección tácita es la soledad: renunció a la sociedad anglo y no podrá entrar nunca en la siciliana. Exactamente eso es lo que ella reconoce al quedar del lado de afuera de la puerta; queda literalmente alienada, en el limbo. Sin embargo, no es inocente, porque acepta esa posición y en nombre del «amor» (conveniencia al fin) no oye, no ve y no habla.

Michael sacrifica su alma en el altar de la Familia. Hacia el final de la película, el contrapunto entre las escenas del bautismo de su ahijado y la metódica masacre de sus enemigos lo muestra mintiendo con fría determinación su renunciamiento a Satán. Lo que el director nos deja ver es el inolvidable bautismo satánico de un hombre de expresión vacía y ojos helados.
Te la hago fácil: andá a verla o te mando los muchachos…

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