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El Gran Otro | Lunes 21 de Agosto de 2017

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Un toque de Canela

<!--:es-->Un toque de Canela<!--:-->

Entrevistamos a la escritora y conductora de televisión Gigliola Zecchin, Canela.

Por Alejandra Santoro

El nombre que tomó por adopción cuando llegó de Italia a la Argentina es de un color pardo claro. A veces, lleva la textura de la corteza; otras, la del polvo. Canela habla con su mirada de miel, y las palabras brotan de su garganta como música. Palabras que hasta los diez años nacían de su cuerpito enredado en la italianidad de su pueblo y un poco más tarde tuvieron que acostumbrarse a la sonoridad de la lengua castellana. Canela: madera dulce. No tengo la certeza de que su madre conociera el significado de la especia en el momento de elegir el nombre; lo cierto es que se adapta perfectamente a esta mujer de ojitos rasgados que escapan hacia las orillas, donde la fortaleza y la templanza de la madera conviven con la suavidad y la dulzura de sus gestos.

 

Comencemos por la evidencia. En marzo de 2012 se cumplieron diez años del ciclo Colectivo imaginario. El nombre hace referencia a un juego de palabras que remite al imaginario colectivo, el imaginario social, del cual han hablado gran cantidad de filósofos y sociólogos, como Cornelius Castoriadis o Edgar Morin, entre otros tantos. Si para estos autores el «imaginario colectivo» puede representar un magma de significaciones imaginarias sociales, pero que se encuentran ya cristalizadas y encarnadas, ¿qué es lo que se busca transmitir y qué vuelta de tuerca se pretende dar a partir de la expresión «colectivo imaginario»?

Romper los cristales. Queríamos expresar en el título lo que es la filosofía del programa, que es que todos somos potencialmente creadores, artistas, y que el arte se completa con el que lo consume, con el que lo mira y lo disfruta; esa es la idea del programa, y sobre eso trabajamos. No instituimos nada, sino que buscamos que el espectador se sienta sujeto de lo que sucede también. Además nos gustaba mucho la idea de poner un nombre popular y muy argentino, como colectivo, término que me parece muy interesante; fuera del contexto del vehículo y de lo que implica el imaginario colectivo, me parece interesante como palabra.

 

Contanos acerca de la producción que implica llevar a cabo el ciclo Colectivo imaginario y lo que representan para vos estos diez años en su conducción.

Yo participo de la producción; hacemos una unidad con los productores en el sentido de que, si bien yo no decido todo sola, soy la que decide sustancialmente lo que quiere lograr de cada programa. Entonces, en nuestras reuniones de trabajo armamos entre todos la grilla de notas, y después en la combinación surge cada programa, donde tratamos de que haya algo de artistas emergentes, algo de lo marginal, de lo corriente, como también orquestas sinfónicas, artistas consagrados o temas comola Bienal de Venecia. Hacemos un balance entre las distintas expresiones o géneros del arte, y también las distintas graduaciones de quien produce arte y quien lo consume.

 

Por otro lado, este año tu libro La silla de imaginar ganó el premio White Ravens de Alemania y fue incluido en el catálogo White Ravens 2012, una distinción otorgada por la Jugendbibliothek de Múnich a las obras infantiles y juveniles más destacadas del mundo. Contanos acerca de esta experiencia.

Bueno, hace mucho que escribo, desde mis cuarenta años. Este año se cumplen diez años del programa y treinta años de escritura, y además dejé atrás dieciséis años como editora en Sudamericana. De manera que este 2012 es un año como de clausura de una cantidad de cosas, que me va de algún modo a obligar en algún momento a elegir. Si yo tuviera que elegir ahora, sobre-escribiría. Pero la televisión, tal como la encaramos nosotros desde la productora, es también un ámbito de creatividad, de crecimiento, de conocimiento de la gente, de los artistas. Por ejemplo, durante estos días yo estuve grabando con dos grandes artistas, y para eso tuve que estudiar sus vidas, tuve la posibilidad de contactarme y dialogar con ellos, de aprender un poco más acerca de sus oficios, de sus mundos, es un contínuo aprendizaje. La silla de imaginar tiene que ver simbólicamente con esta posibilidad que la gente tiene de sentarse e imaginar y cambiar el mundo desde la imaginación.

 

El argumento de este libro es bastante peculiar. Uno, a lo largo de las hojas, donde se ensamblan tan armoniosamente tus palabras junto con las ilustraciones de Daniel Roldán, puede observar lo que ocurre a partir de apoyar una silla un día, y que después de una lluvia esa silla eche raíces, se convierta en un árbol, ese árbol dé frutos, esos frutos den sillas, y esas sillas tengan la particularidad de que quien se sienta en ellas imagine cosas diversas. El tema de la imaginación se encuentra recurrentemente atravesando tu vida, en tu programa televisivo, en tus libros y fundamentalmente en este, donde se establece la conexión entre un objeto tan concreto, tan cotidiano, como una silla, que da seguridad, que tiene sus patas bien clavaditas en la tierra, y la imaginación, abstracta, amorfa. ¿Qué pensás de la imaginación y por qué creés que sea un tema que aparezca en tu vida incesantemente?

Quizá porque no tengo mucha memoria, porque no tengo virtudes muy especiales para ejercer ninguna cosa artística, no podría ser actriz, canté pero no soy cantante, muchas cosas que me hacen pensar que mi imaginación es mi mayor…, no virtud, sino don, que trata de neutralizar la falta de memoria y la falta de postura académica ante las cosas. Yo no soy una académica, ni soy una docente. Y entonces me queda como resto de lo que no soy este ser comunicacional que fui forjando con muchos años, donde siempre pensé que lo que comunicaba se diluía con el tiempo, para descubrir ahora que queda dentro de la gente. No hay gesto, no hay palabra leída o escuchada que, de algún modo, no marque para bien o para mal a las personas. Entonces, acepté mis limitaciones y acepto que la imaginación es mi instrumento más eficaz.

Además, este cuento tiene otra dimensión, que es que trata de un lugar a donde ya no llega el tren, cómo se alcanza, qué es lo que se desea, qué se necesita, ¿la imaginación alcanza? Bueno, si no hay imaginación, no se llega a ninguna cosa, ni material ni espiritual. Con Daniel Roldán, que es un ilustrador maravilloso que ha sido premiadísimo y ha sido elegido como el mejor ilustrador argentino por ALIJA (Asociación de Literatura infantil y Juvenil de la Argentina), hemos hecho un trabajo en conjunto, muy de ida y vuelta. La historia es mía, pero los dibujos son suyos, en la misma medida.

 

¿Qué significa escribir para los chicos? ¿Cómo es meterse dentro de ese universo?

La felicidad. Es maravilloso; trabajo muy feliz cuando es para niños. Escribir para adultos entraña…, no otra responsabilidad…; pero para mí implica exponer mis angustias y mis penas de una manera más dolorosa en la escritura para adultos, como en la poesía y los cuentos o las novelas. En la escritura para niños vuelvo hacia atrás, me meto adentro y trabajo con todo lo que ahora sé y aprendí del mundo para aquella niña que está adentro. Para eso sí tengo memoria, tengo una gran memoria emotiva.

Canela, ¿cómo comenzó tu vocación por la comunicación y cómo fueron tus inicios en esta profesión?

De casualidad. Yo tengo muchos hermanos, y para hacerse notar había que hacer monerías, llorar mucho o hacer reír. Soy la número diez de una familia numerosa. Eso por un lado, y por el otro, la migración contribuyó porque aquí tuve que aprender otro idioma, otra historia, otra geografía, otra realidad; y lo hice bastante rápidamente, con mucho esfuerzo, no es que me haya resultado fácil, sino que fue con mucho esfuerzo, que es la marca de mi familia, por el lugar en que nacimos, por lo que fuimos y somos como familia. Yo vengo con la impronta del esfuerzo, del trabajo, de la persistencia; eso es una herencia que nos dejó mi madre, sobre todo, porque mi padre murió cuando yo era muy pequeña. Eso lo llevo de algún modo en la sangre, y debo decir que no puedo evadir esa herencia, no puedo eludirla, es como haber heredado una gran empresa, no la podés hundir. Esa herencia me marca mucho, me hace muy feliz y al mismo tiempo me agobia porque nunca paro.

 

¿Qué son para vos las palabras?

Las palabras, por un lado, son el signo de nuestra humanidad, de nuestra posibilidad de entregarnos a los demás, de darnos a conocer y también de conocer a los otros. Por otro lado, para los niños es el mejor juguete, es el más democrático de los juguetes; nadie es dueño de las palabras, y somos responsables de ellas en la medida en que maduramos, crecemos. Creo que estamos constituidos de palabras. Me gusta mucho el castellano, los dos idiomas que manejo me gustan mucho, el italiano y el castellano, pero este me enamoró desde chica, y creo que por eso lo aprendí. Estudié en la Escuela Superior de Lenguas, no hice la carrera pero estudié dos años de castellano también. Fijate que hay inmigrantes que rechazan el idioma y terminan siempre con su tonada. Yo era muy pequeña, tenía diez años, pero me adapté plenamente al castellano.

 

En el 2000 presentaste una ponencia para las Jornadas Previas al Congreso Mundial de Editores, y en un momento de tu escrito hacés referencia a una famosa respuesta que daba el escritor Julio Cortázar cada vez que le preguntaban de dónde venía: «vengo de mi infancia», contestaba él. ¿Cómo te marcó tu propia infancia para que hoy te encuentres en este lugar, para que hayas elegido jugar con palabras, imaginar palabras?

Si tuviera que elegir un color para mi infancia, elegiría el gris, porque la ropa no tenía color, la comida no tenía color, todo era escaso, vivíamos ocultándonos, tengo una memoria muy confusa de los refugios, y además también la separación con nuestros padres, porque nos llevaban al campo, lejos de los lugares donde caían las bombas, que aun así caían donde estábamos. Vivimos en un establo, convertido en una especie de casa provisoria durante los primeros años de mi vida. Así que, si bien yo no podría decirte «Recuerdo una mañana…», todo eso está muy en mí: la escasez, la carencia y la necesidad de con lo que se tiene construir algo. Mi hermana mayor, que es maestra, tiene dieciocho años más que yo, me decía las cosas a las que tenía que recurrir y que inventar para que nosotros sobreviviéramos. Así que la invención está muy metida en nuestra educación y en nuestra formación. Mi mamá te destejía el suéter que tenías puesto y te tejía otro, y daba vuelta los sobretodos para que pudieran ser usados de nuevo, y así. Te voy a dar un ejemplo muy sencillo: yo tengo una escultura en casa, y al lado hay dos atados de hojas de los pinares de la costa; en un verano, alquilamos una casa toda la familia, antes de que se casaran mis primeros hijos, y estuvimos todos juntos ahí, y yo pasé mucho tiempo recogiendo esas espinas; y después, a partir de una entrevista que le hice a un artista plástico, que contó que en Japón, cuando veía la cantidad de palillos que se tiraban, se le ocurrió recoger un día todos los palillos de los restaurantes de Tokio, y hacer un gran atado y amarrarlos con un hilo de plata. Lo convirtió en una obra de arte. Entonces, acordándome de eso, hice mis atados de espinas con hilos de cobre, y los tengo ahí puestos, junto a unas boleadoras que encontramos en el campo. Toda la gente cree que es una pequeña instalación, y no es nada. Pero rescatar ese verano a través de esas hojas y convertirlas en algo visible y bello, para mí, es encantador. En la cocina también me encanta inventar recetas, me encanta diseñar ropa, usar ropa muy vieja, darla vuelta y que nadie se dé cuenta. La creatividad se encuentra en todos los aspectos de mi vida. De repente es un poco angustiante, porque otra gente vive mucho más tranquilamente comprando, usando, sin preocuparse demasiado por modificar el mundo. Yo creo que tengo cierta vocación por modificar el mundo, o por lo menos para modificar el lugar en el que me tocó vivir, dejarlo un poquito mejor de lo que yo lo encontré. Yo encontré un mundo en plena guerra y destrucción, y me gustaría saber, cuando me vaya, que construí muchas cosas a través de mi vida.

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