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El Gran Otro | Viernes 18 de Agosto de 2017

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Una desgracia aristocrática

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La gracia de tener propone un espectáculo teatral inscripto en la tradición del teatro independiente, comprendiendo a este como un espacio comprometido con el arte y la política.

Por Marcela Adriana Jelen

La gracia de tener, obra producida por el Centro Cultural de la Cooperación y El Bachín Teatro, propone una puesta en escena dinámica, rica narrativamente y crítica respecto de nuestra coyuntura. Se autodefine como un «absurdo espectáculo de humor político-económico». La dramaturgia y la dirección están a cargo de Manuel Santos Iñurrieta.

La obra pone en escena los conflictos económicos de una familia aristocrática que se encuentra obligada a alquilar su mansión a un circo. La renta no alcanza, y deciden emplearse en este circo como payasos. Tal como enuncia el programa que nos dan al ingresar a la sala Osvaldo Pugliese, «La aparición fantástica en escena de un general de la nación (en este caso, Onganía)» parece ser un halo de esperanza para estos aristócratas venidos a payasos.

El absurdo ya está enunciado, y el contexto histórico nos remite provisoriamente al comienzo de la década del 60.

Un personaje presentador nos guía en el devenir de la historia; otro se muestra como un comediante que atraviesa la escena en búsqueda de un escenario que no encuentra. La narración, en este sentido, entrecruza los conflictos económicos de esta familia con estos otros personajes que provocan rupturas en la causalidad de la puesta. Este procedimiento nos ubica ante una poética que nos compromete en tanto espectadores. Nos interpela, requiere nuestra atención y pone de manifiesto el artificio.

El procedimiento constructivo de la obra no permite que nos identifiquemos con ninguno de ellos; un efecto de distanciamiento brechtiano se materializa en la imposibilidad de la identificación por parte de los espectadores hacia un personaje que guíe nuestra mirada.

Dice Bertolt Brecht: «distanciar quiere decir historizar, o sea representar hechos y personas como elementos históricos, como elementos perecederos. Lo mismo naturalmente se puede aplicar a personajes contemporáneos». Entonces, si bien la historia transcurre en la década del 60, este salto al pasado sirve como recurso para hablar de nuestra contemporaneidad. ¿Cuáles son los aristócratas que parodia esta propuesta? Quizás, trabajando un tiempo pasado sea más fácil vincularlos con este presente. Las actuaciones, muy bien logradas, nos remiten a estereotipos, a rasgos que nos son familiares y que, puestos en este espacio, hacen manifiesta la contradicción. Y en este contraste surge otro procedimiento, el humor, que ayuda a distender para poder tolerar lo que es dicho.

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El circo es metáfora de la decadencia de los hermanos aristócratas; el espacio se construye en pos de esta idea y, como contrapunto, la hermana no reconocida, negada y puesta en el rol de «mucama» enriquece la propuesta llevando estas dos realidades contrastadas a un lugar protagónico. La puesta toma partido: la ridiculización y la decadencia de estos aristócratas nos invitan a reflexionar sobre este tiempo en el que estamos inmersos. No es sobre la década del 60 que propone abrir el debate; es sobre nuestro presente, por supuesto comprendido como parte de un proceso histórico. Y, en este contexto, se cuestionan los nuevos circos que decaen bajo nuevas formas políticas, económicas y culturales.